Adoración de los Magos

martes, 29 de marzo de 2011 · Posted in

Adoración de los Magos, Andrea Mantegna
El recién nacido apenas se movía entre las sábanas. La piel era de un color plomizo y difícilmente abriría los ojos. Recién habían llegado del hospital el padre, la madre y la tía Eugenia, ésta más agitada y visiblemente contenta. Tres amigos de J. se habían reunido ya en la casa, el señor Andreiev y los señores Meier y Feller, todos compañeros de la paraestatal de petróleos y todos miembros distinguidos del partido.  El señor Andreiev era el jefe inmediato de J. y tenía la rara costumbre de involucrarse individualmente con todos sus subordinados. A J. le produjo una gran alegría aquella visita. Hemos de celebrar ahora, susurró a la tía Eugenia, tráenos por favor una botella.  ¡Felicidades, J.!, dijo el señor Andreiev, traemos presentes para el niño, un buque a escala de la compañía, un jarrón de porcelana y éste juego de ajedrez. Somos como los Reyes Magos, estuvo a punto de añadir cuando recordó a tiempo que J. era judío. ¡Queremos conocer al primogénito! Desde luego la madre estaba muy cansada y estaba a punto de dormirse, pero le daría mucho gusto ver por un momento a los señores. El niño yacía a un lado de su madre cubierto por completo por un trajecito blanco. La luz le iluminó el rostro y una manito se agitó en el aire al tiempo que brotaba el llanto. ¡Uy!, dijo el señor Andreiev, ¡va a ser un chico temperamental! Mucho por lo que se ve, contestó el padre. Les deseo lo mejor, dijo Andreiev, nada me gustaría más que ver cómo este pequeño se convierte en todo un hombre de bien para su familia y para su pueblo. Por cierto, preguntó, cuando el niño ya se había calmado, ¿cómo piensan llamarlo? Boris, dijo la madre, orgullosa.

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