Campo de Trigo con una Alondra (1887)

viernes, 29 de abril de 2011 · Posted in


Van Gogh, 1887

Ella vive en la Zona Rosa, me dijo Pablo alguna vez en una de esas borracheras en las que hablaba sin parar toda la noche, en un departamento con su novio el industrial. El industrial estudiaba Ingeniería Industrial en el poli y por ese tiempo yo aún no lo conocía. Así que del centro me moví un poco. Caminaba entonces por los bares y restaurantes entre adolescentes gays y la sensación de que mi salario era diez veces más bajo ahí que en la zona del metro Hidalgo, donde cenaba tacos de a 3 X 15.  Entre más gays veía más extrañaba la México-Tacuba, que por la zona del metro Revolución tiene algunas putas. Entraba a las tiendas de discos a mirar lo último de Metallica para ver si de pronto aparecía. Era ridículo, pero quería verla. ¿Para qué? No iba a hablarle, desde luego, y ella tampoco a mí. Ni siquiera iba a mirarla, sólo iba a salir corriendo como otras veces. Era sólo buscar por buscar, para saber que hay algo en la vida que puede hacer que el corazón lata con tanta fuerza, para saber que uno también puede sentir cosas y no es nada más un robot. Eso era lo que había soñado por aquellos días, que era un robot con cabeza azul y esqueleto de metal que no podía ni moverse. Yo la buscaba como si fuera el tesoro al final del arcoíris o el paraíso de los creyentes. Ahora, con el paso de los años, me he convencido de que no hay tal, la felicidad no está detrás del arcoíris, el arcoíris es la felicidad y cuando éste se va, aquella también se termina. Se termina como se le terminó al industrial y como se le termina a ella siempre, porque nunca está contenta. Y es que tal vez ellos no vieron nunca en a nadie en la forma en que yo la vi. Y nunca su corazón latió tanto y el mundo alrededor se apagó sólo por encontrarse a alguien. Y hoy,a pesar de todo lo que pasó y los años que se van cada vez más rápido, todavía, algunas veces, cuando el tedio se transforma en tristeza, avanzo como zombi por las calles de la Zona Rosa y la busco en las tiendas con un poco de desesperación, usando, como mi única hoja de ruta, aquella frase que una vez dijo Pablo en medio de una borrachera.

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