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El Inicio de la Primera Guerra Mundial

lunes, 2 de diciembre de 2013 · Posted in ,

1: Un día en la vida de Stefan Zweig
Un día, de los últimos de junio de 1914, Stefan Zweig se encontraba leyendo un libro en una banca de un parque en Viena. Alrededor había un ambiente festivo. Las familias paseaban juntas y los cafés estaban atiborrados. Una pequeña orquesta de cámara tocaba valses de Strauss. Viena tal vez era la ciudad más bonita de Europa en esos momentos, y era mucho decir. Los europeos tenían grandes razones para estar contentos en aquel verano. Inglaterra era un imperio económico y militar que abarcaba medio mundo. París seguía siendo la capital cultural y moral de Europa y todos los hombres cultos se encontraban ahí en su ambiente; el vasto imperio austro-húngaro era tan estable (al menos así lo parecía) como la vida de su emperador, Fernando José, que para entonces ya tenía en su haber el reinado más largo de la historia europea; Viena era la tercera ciudad en importancia superando a París y desde principios de siglo parecía que las artes y las ciencias la habían elegido como su nueva sede. Los alemanes eran con mucho los más optimistas. A partir de su conformación como estado, Alemania se había convertido en una potencia mundial, era el país con mayor crecimiento económico y demográfico y, ellos lo entendían así, estaban destinados a regir Europa completa. A la zaga de las grandes potencias iba Rusia; con su enorme imperio que abarcaba dos continentes el gigante se apresuraba a entrar a la moderna era industrial y los problemas internos de principios de siglo parecían superados. Los ciudadanos de las potencias europeas estaban muy orgullosos de serlo. Sólo unos días antes, un campesino austriaco le había comentado al viajero Zweig al ver la cosecha que se venía: "la gente recordará este verano por mucho tiempo".

2: Nubarrones en el horizonte
Como en todas las épocas, había algunos problemas domésticos qué atender, pero en ese entonces no preocupaban a ninguno de aquellos gobiernos. Una gran cantidad de personas dejaron Europa entre 1900 y 1914 (en ese periodo, en Italia, fueron más de 5 millones) principalmente hacia el continente americano; la vida para los trabajadores era más difícil, insalubre y peligrosa en el campo que en la ciudad; las mujeres vivían mucho peor que los hombres y sólo Finlandia había concedido el voto femenino a su población. Políticamente había un par de problemas importantes: el socialismo que, hermano de las luchas sindicales, reclamaba más derechos para la clase trabajadora, era un problema interno de todas las potencias, y la inestabilidad debida a la salida de los turcos de Europa. Nada de eso preocupaba a la gente común.
Y hubo, sin embargo, algunas personas que, como Casandra en Troya, fueron capaces de ver y advertir la calamidad.

3: La tragedia de Casandra.
Bertha Kinsky tal vez sea más recordada por haber inspirado al sueco Alfred Nobel la creación de sus famosos premios. Esta austriaca tuvo la desgracia de no ser lo bastante noble en la clasista corte de los Habsburgo y, después de dejar plantado a un viejo (no soportó el primer beso) se convirtió en niñera (fue despedida por enamorar a uno de sus "niños") y remató siendo sirvienta (y amante) de Alfred. La biografía de Bertha es muy interesante pero no es lugar éste para hablar de ella. Lo importante es que había pasado muchos años en las fronteras surorientales del imperio austro-húngaro y fue capaz, con esa agudeza que sólo tienen los extranjeros, de ver el enorme encono que había ahí. Fue una gran activista por la paz y el premio Nobel de esa categoría, usado casi siempre como botín político, fue creado y ganado por ella. En julio de 1914 ya había muerto, sólo dos meses antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, pero algunas de sus frases, vistas en retrospectiva, son espeluznantes.

Ésto es la guerra. No dejen en manos de una pobre vieja la tarea que tienen qué hacer los jóvenes.
Alguien más, el embajador británico en Viena, escribió en enero de 1913 ésta frase profética:

Algún día Serbia sembrará la discordia en Europa y provocará una guerra universal en el continente, y si la prensa francesa sigue alentando las aspiraciones serbias como lo ha hecho en los últimos meses, los serbios pueden perder la cabeza y emprender una acción agresiva contra la Monarquía Dual que obligará a ésta a apretarle las tuercas a Serbia

En 1888, Otto Bismarck predijo:

Algún día la gran guerra en Europa vendrá por alguna estupidez cometida en los Balcanes

y tenía razón.

4: Un punto de inflexión
Pero no adelantemos vísperas. Dejamos a un optimista Stefan Zweig sentado en su banca leyendo un libro. Tal como lo escribe en El Mundo de Ayer, de pronto algo llamó su atención. Muchas familias se reunieron en torno a un poste y la orquesta calló. Despacio, Zweig se acercó a la multitud y vió un anuncio que lo conmocionó: el heredero al trono había sido asesinado en Serbia.
Aquellos momentos no se olvidan nunca. Oliendo el peligro, todos se fueron de inmediato a sus casas en busca de refugio. Sin embargo, comenta Zweig, el luto duró sólo unas horas. Francisco Fernando no era muy apreciado como heredero al trono. En más de una vez se había mostrado desesperado por acceder al poder y el propio emperador no lo quería. Estaba ahí porque no había nadie más en la línea sucesoria. El hijo del emperador, Rodolfo, un hombre de corte liberal, había sido infeliz en parte debido a la negativa de su padre a anular el matrimonio que lo ataba a una mujer que no quería. Se suicidó, junto con su amante, en 1889. Aquella había sido una verdadera pena para el pueblo austiaco. Ahora, para la gente común, la noticia fue impactante, pero, comenta Zweig, en la noche cada uno olvidó al prícipe heredero: la vida siguió como si nada hubiera pasado. Incluso en los días siguientes, en los que se discutía de manera frívola el lugar en el que se habría de sepultar al infeliz Fernando y a su esposa.

5: Las Guerras Balcánicas
Fuera de la vida cotidiana, en el mundo avieso de la política, aquella muerte fue mucho más importante, y sería la primera de varios millones que ocurrirían en los siguientes cuatro años. La Primera Guerra Mundial es también llamada, algunas veces, la Tercera Guerra de los Balcanes; ésto es así, porque entre 1912 y 1913 hubo un par de guerras en los Balcanes. Nada ilustra mejor esa guerra que los siguientes mapas.

Primer mapa:
Los Balcanes antes de la Primera Guerra Balcánica

Segundo mapa
Los Balcanes después de la Primera Guerra Balcánica

El primer mapa representa a los Balcanes en 1912. Montenegro, Serbia, Bulgaria y Grecia, apoyados por Rusia, constituían la Liga Balcánica. Aquellos habían obtenido su independencia de los turcos en el siglo XIX. En su día el imperio otomano tocó las puertas de Viena, pero a principios del siglo XX sus posesiones en Europa ya estaban rodeadas por países enemigos independientes. Durante 1911 y 1912 se fue haciendo más evidente que los cuatro países iban a declarar la guerra al gigante turco. Esta guerra casi recupera para occidente a Constantinopla, la eterna capital del imperio romano de oriente, pero debido a problemas internos todo quedó en un amague. El segundo mapa muestra la zona después de la Primera Guerra Balcánica, tal como se acordó en una conferencia de paz en Londres. Esos problemas internos en la liga balcánica dieron origen a una Segunda Guerra de los Balcanes, en la cual los antiguos alidos se unieron contra Bulgaria a la cual le quitaron buena parte del territorio obtenido.
Dos potencias europeas estaban muy interesadas en lo que pasaba en los balcanes: Rusia y Austria-Hungría. Rusia apoyaba a la población eslava fomentando odios contra Austria. Esta por su parte veía con recelo el surgimiento de Serbia, que era ya un dolor de cabeza en el sur del imperio. Era más o menos previsible que en la zona balcánica se produciría la chispa que habría de incendiar Europa.

6: El Príncipe y el Mendigo
El asesinato de Francisco Fernando fue planeado en pláticas de cantina por un grupo de jóvenes serbios. El más famoso de ellos es el que finalmente, de forma casi fortuita, disparó un par de balas que acabaron con la vida del príncipe y su esposa, la princesa Sofía Chotek: Gavrilo Princip. Aún se conserva un muro de la casa de éste nacionalista en el que sus iniciales están inscritas junto a la fecha 1909. Aquel grupo de serbios osados a los que pertenecía Princip viajó a Sarajevo en junio de 1914. Para entonces se habían puesto en contacto con un grupo terrorista formado por altos mandos del ejército serbio llamado La Mano Negra. Los dirigentes de La Mano Negra ya habían provocado una rebelión palaciega en 1903, por medio del asesinato del gobernante serbio, que a su gusto era demasiado proclive a los intereses austriacos. El asesinato les parecia sencillo.
Paradójicamente, el hombre contra el que iban a atentar no era un belicista. Era violento e iracundo, además de un implacable cazador (a lo largo de su vida mató a más de cinco mil ciervos, y miles de otros animales, algunos de los cuales se conservan con una estricta datación) pero era también un político moderno que pretendía extender derechos a todas las minorías del imperio por una razón pragmática: con derechos en el imperio dejarían de buscar ayuda en el extranjero, en particular dejarían de depender de Rusia. Tenía en su casa un mapa de lo que él veía como los Estados Unidos de Austria, una confederación de estados unidos bajo su liderazgo, un enfoque totalmente opuesto al de las élites germanas y húngaras que se negaban a compartir el poder.
Los príncipes austriacos visitaban Bosnia so pretexto de supervisar maniobras militares del ejército. El 28 de junio era día de fiesta nacional de Serbia y la presencia de los invasores no hacía más que exaltar los ánimos. Ese día, camino al ayuntamiento, el coche descapotado de los Habsburgo fue atacado por una granada que rebotó en él hiriendo a algunos peatones. "Vengo en son de paz y me reciben con una bomba. Esto es inadmisible", dijo el príncipe. La Mano Negra había tenido mala suerte, no era previsible otro descuido de los escoltas. Pero lo hubo. Saliendo del ayuntamiento, el coche que transportaba a Francisco Fernando erró el camino y fue a dar a una calle equivocada. El chofer tuvo que hacer lentas maniobras para salir del sitio. A esa hora, Gavrilo Princip compraba un sandwich, la falla de uno de sus compañeros había echado por tierra su mal planeado ataque y era hora de regresar a casa. Y sin embargo, por una mala casualidad, de pronto al levantar la mirada se dió cuenta de que el coche que giraba despacio frente a él era la carroza real.


7: Creso el Soberbio y Francisco José el Prudente
El imperio austro húngaro era un imperio decadente y muchos de sus políticos lo sabían. En l866 los ejércitos prusianos habían barrido en el campo de batalla de Königgrätz al centenario ejército de los Habsburgo, y si no llegaron hasta Viena fue porque Otto von Bismarck supo apaciguar los impulsos del emperador Guillermo: Inglaterra y Francia no permitirían la desaparición de Austria. Para siempre quedaron en la historia las intenciones de formar una sola nación pangermánica con capital en Viena. Berlín surgió como el centro político al que los germanoparlantes habían de voltear. Y si Austria-Hungría permaneció al márgen durante las Guerras de los Balcanes, aún con el deseo de frenar las ambiciones de Serbia, fue porque Francisco Fernando hizo todo de su parte para no comprometerse en una guerra que sabía que perderían. El emperador Francisco José, tan prudente como viejo, llegó a decir:

"una guerra entre Rusia y Austria sería el fin de los Romanov o el fin de los Habsburgo, tal vez sería el fin de las dos familias reinantes"
Y tenía razón. Incluso le alcanzó la vida para saber que tal vez no los Romanov, pero sí los Habsburgo, habían llegado a su fin con la Primera Guerra Mundial.
Todo eso me recuerda aquella historia que cuenta Herodoto acerca de Creso, rey de Lidia, y el oráculo de Delfos. Antes de declararle la guerra al imperio persa, Creso envió un embajada a Delfos para hacerle una consulta a Apolo,

"¿qué pasará si Creso invade Persia?"
La respuesta, para ese hombre soberbio que alguna vez se creyó el más afortunado sobre toda la tierra, fue la siguiente:

"Derrotará a un gran imperio".
Aquello no pudo ser más claro. ¡Ahora o nunca!, pensó Creso, y al grito de ¡Ares! invadió a su vecino, el cual le propinó una derrota humillante después de la cual, y salvada su vida por un auténtico milagro, envió a otra embajada a Delfos para preguntar la razón de aquel engaño.

Se te dijo: "derrotará a un gran imperio" y fuiste muy imprudente, debiste preguntar a quién nos referíamos. Quien derrotaría a un gran imperio sería Persia y el gran imperio era el tuyo.

8: El Canciller de Hierro
La historia de la Primera Guerra Mundial es muy larga; más que a una fecha, hay que referirse a la eterna discordia entre franceses y germanos. El último capítulo de ese odio centenario había sido la guerra franco prusiana de 1870, que se saldó con la mayor humillación de Francia en toda su historia. Construido para enmarcar el paso de las victoriosas tropas francesas, el primer ejército que desfiló debajo del arco del triunfo de Napoleón fue el prusiano, que se llevó a casa las provincias de Alsacia y Lorena (provincias ganadas a su vez por los franceses en la Guerra de los 30 años). El artífice de aquella vorágine fue Otto Von Bismarck, el canciller de hierro prusiano que se encargó de mantener por 30 años una ruptura diplomática y comercial entre Francia y Rusia. Bismarck fue durante el último cuarto del siglo XIX un factor de paz en una Europa llena de rencores. Al morir Bismarck, poco a poco hubo un acercamiento, primero comercial y después militar, entre Francia y Rusia, a los cuales, por razones estratégicas y geopolíticas se les unió Inglaterra; la alianza militar de estos paises se llamó la Entente Cordial o La Triple Entente. Por razones similares, Austria, Alemania e Italia, a los cuales unía el odio contra Francia, formaron la llamada Triple Alianza.

9: El punto sin retorno
El viejo emperador Francisco José cometió el error de rodearse de aciagos asesores. Los partidarios de la guerra vieron en la muerte del heredero al trono la excusa perfecta para librarse de una vez por todas de esa piedra en el zapato en que se había convertido Serbia. Se envió un ultimátum al que esta estuvo a punto de ceder, y sin embargo no lo hizo por recibir en ese momento garantías por parte de Rusia. Después de retirar al embajador austriaco de Serbia, y sin saber las consecuencias de aquello, los cortesanos engañaron al dubitativo Fernando José haciéndole creer que Serbia había iniciado ya un ataque contra las posiciones austriacas en la frontera, forzando así una guerra que pudo haber sido una localizada y breve, pero se volvió total y eterna. El último paso para la catástrofe lo dio el más débil de los contendientes: Rusia. Tal vez precisamente por su debilidad no quiso ceder en aquel juego de vencidas y movilizó fuerzas contra Austria. Fue el momento que tanto había esperado Alemania. Por años se había planeado exactamente ese panorama: una guerra contra Rusia y Francia en la que veloces ejércitos germanos hacían pedazos a Francia para voltear, de inmediato, contra el rival más lento, Rusia. Se llamaba el plan Schlieffen y el kaiser lo resumía así: "se trata de almorzar en Paris y cenar en San Petersburbo". Una blitzkrieg en la Primera Guerra Mundial.

10: Inglaterra
De las potencias Europeas, Inglaterra definitivamente no tenía nada qué ver en el conflicto. Al menos no directamente. Es verdad que con un imperio tan vasto como el inglés, cualquier guerra terminaría por afectar sus intereses. Las rutas comerciales a la India y sus posesiones en Asia dependían de la buena voluntad de Francia y Rusia. Había un compromiso moral con ellos. Además, y esto era más grave, Inglaterra no podía permitirse la existencia de una Alemania triunfante en el continente; de ganar la guerra, pronto iba a constituir una competencia feroz en África. Inglaterra no podía permanecer neutral durante mucho tiempo. Sin embargo, lo que hizo saltar la declaración de guerra fue la invasión a la neutral Bélgica, el estado tapón entre Alemania y Francia. Los alemanes nunca han respetado neutralidades, y esa vez no fue la excepción. En realidad aplicaron una receta que ha sido efectiva tres veces: invadir Francia por el norte ocupando primero a la débil Bélgica. Funcionó en 1870, funcionó en la Primera Guerra Mundial y funcionó, también y de manera brillante, en la Segunda. Éste bocado suele ser indigesto porque altera terriblemente a los ingleses. Constituye una amenaza directa a las aguas del canal de la Mancha y, aunque la última vez que pasó fue en 1066 con Guillermo El Conquistador, despierta grandes tentaciones respecto a un desembarco anfibio en la isla. Si Bélgica y los Paises Bajos son invadidos, es seguro que los ingleses van a a la guerra.

11: Vuelta a Zweig
Stefan Zweig no participó en la guerra. Cumplió con su servicio militar redactando informes y boletines de prensa. A diferencia de muchos otros escritores de ambos bandos, mantuvo serenidad y cordura todo el tiempo. A la muerte del emperador Francisco José, su sucesor, el emperador Carlos, quiso iniciar pláticas con la entente; los nacionalismos y las presiones alemanas hicieron imposible cualquier solución negociada. Quizá con la excesiva ligereza con la que se juzga el pasado, Zweig culpó de todas las desgracias posteriores (la inflación descontrolada y absurda, primero en Austria y luego en Alemana, los nacionalismos y el inicio de la Segunda Guerra Mundial) a esa falla del último emperador austriaco.
Nacido y criado en una sociedad rica, acostumbrado a ver lo mejor de la producción humana en la última etapa del imperio al que perteneció, y a cuya grandeza él mismo contribuyó, Zweig no pudo sobreponerse a la barbarie de dos guerras generales en Europa. Se suicidó en Brasil en 1942, justo cuando Hitler se hallaba en el cenit del poder.

12: No estudies geografía
Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial afectaron todo el siglo XX y aún nuestros días. Para siempre desapareció el imperio austro-húngaro que en su momento de gloria vió a personajes como Mahler, Kafka, Strauss y Freud. También desapareció el imperio de los Romanov, el cual fue sucedido por el comunismo. Por su oposición violenta al comunismo, las democracias occidentales toleraron, e incluso alabaron, la subida al poder de el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia. La paz fue saldada de una manera tan torpe que sólo 20 años después buena parte del mundo se enfrascó en una segunda guerra, más violenta y letal que la primera. Pero quizá la consecuencia más palpable sea la que muestran los mapas que aparecen a continuación, uno de Europa antes y otro después de la Primera Guerra Mundial, y que hacen recordar las palabras que un chofer de ambulancias francés le escribió a su hijo durante la guerra: "No pierdas mucho el tiempo estudiando la geografía de Europa, creo que está a punto de cambiar".

Europa antes de la Primera Guerra Mundial


Europa después de la Primera Guerra Mundial

Einstein Popular

domingo, 8 de septiembre de 2013 · Posted in


Albert Einstein
Es sabido que en el año de la formación de Israel como estado independiente, la presidencia del nuevo país le fue ofrecida al judío más famoso de la época, Albert Einstein. También es sabido que, con el gran tino político que sorprendentemente tuvo, Einstein agradeció el honor pero declinó la invitación. Lo que no es muy conocido, es que Ben-Gurión, el artífice de la independencia de Israel, comentó poco después: “Se la ofrecimos porque no teníamos otra opción, pero nos hubiera metido en un gran lío si hubiera aceptado”.
Ésta anécdota probablemente sea falsa, pero retrata bien la personalidad del físico Alemán: estando un día en su casa, su esposa entró a su oficina y le dijo, el embajador de Israel está aquí y quiere verte. Al ver que Albert se disponía a recibir al diplomático con el aspecto desaliñado de sus últimos años, la mujer lo reprendió, -deberías al menos cambiarte de ropa. Y el genio le contestó con una frase digna de Cristo, -dile al embajador que, si me quiere ver, aquí estoy; pero si quiere ver mi ropa, llévalo a mi closet.

El célebre libro de Álgebra de Aurelio Baldor, en la semblanza de Einstein en el capítulo XXXIX contiene un par de errores que son universales:

1)
“Recibió en 1921 el premio Nobel de física por sus trabajos acerca de la Teoría de la Relatividad”
Esto es falso. Era imposible negarle el Nobel a Einstein, pero el comité se cuidó muy bien de no mencionar a la Relatividad en su sentencia. Incluso en esa fecha la teoría era debatida por muchos físicos y los de Estocolmo no quisieron meter la pata. El Nobel se lo dieron por sus trabajos acerca del efecto fotoeléctrico, trabajo de 1905, y por sus "aportaciones a la física teórica" .

2)
“Trabajando con otros científicos de diversas nacionalidades en la universidad de Princeton logró la desintegración del átomo, base de la bomba atómica”.
Y esta errata cuenta por tres. Popularmente se le ha hecho a Einstein el padre de la bomba atómica: Einstein trazó algunos garabatos en su cuaderno y de pronto se dió cuenta de que tenía la receta para la bomba. Pero lo cierto es que él no participó en los trabajos teóricos, y desde luego no en los experimentos, que condujeron a su construcción. Lo que hizo, y claro que no fue menor, fue escribir una carta al presidente Roosevelt de Estados Unidos, llamándolo a apoyar el proyecto de construcción de la bomba, mismo proyecto que los nazis encargaron al físico Werner Heisenberg. Tampoco es cierto que esos trabajos se realizaran en algún momento en Princeton. Se iniciaron en Chicago y se terminaron en Nuevo Mexico. Y por último, no es la desintegración del átomo la base de la bomba atómica, sino la desintegración del núcleo. Hay un mundo de energía entre alterar un átomo y alterar un núcleo, la misma distancia que hay entre la Edad Media y el siglo XX. A un físico nuclear amigo mio le gusta siempre aclarar por qué los alquimistas estaban en busca de un imposible. Transmutar cualquier sustancia en oro requería alterar los núcleos atómicos, y las energías que se requieren están más allá de las energías de las reacciones químicas que sólo alteran la última capa de electrones del átomo.

Ésta historia es verdadera y el protagonista es el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, sin embargo, el imaginario popular ha sustituído a Shaw, un escritor que vió mermada su fama con su muerte y hoy es poco leído, por el arquetipo universal del genio, Albert Einstein: Una bailarina muy guapa se acerca a Einstein y le dice, maestro, cásese conmigo. Soy indudablemente la mujer más bella del mundo y usted es el hombre más inteligente. Juntos tendremos hijos muy guapos y muy inteligentes. Sin embargo el genio replica, mejor no intentamos el experimento, ¡qué tal que los pobres niños heredan la belleza del padre y la inteligencia de la madre!.

Y ésta la he escuchado hasta del mismo Michio Kaku: El viejo Einstein estaba cansado de dar siempre la misma conferencia en todas partes. Las preguntas también eran las mismas de siempre. Lamentándose un día de tener que hacer esa rutina, su chofer lo escuchó y le propuso cambiar papeles, él daría las pláticas y Einstein conduciría; después de todo, el chofer ya conocía también de memoria toda la conferencia. Y así lo hicieron. El chofer se puso el viejo suéter, se desarregló un poco el cabello; el físico se puso un gorro y juntos visitaron varios lugares donde todo fue bastante bien. Hasta que en una universidad un matemático muy bueno hizo una pregunta bastante complicada. Se acabó la farsa, pensó Einstein, ya nos descubrieron. Y sin embargo el chofer resultó más agudo. Mire usted, joven, le dijo al matemático poniendo cara solemne, esa pregunta que usted acaba de hacerme es tan fácil que incluso mi chofer, aquí presente, es capaz de contestarla por mi.

Hay personajes en los que la verdad y el mito se funden de manera casi indistinguible. Mil y un historias como éstas circulan hoy. Ningún historiador, sin una fuente “confiable”, las daría por buenas. Y sin embargo la gente común, a la cual la figura caricaturesca de Einstein siempre le ha parecido simpática, no necesita fuentes para hacerlas contar una y otra vez. Hablando de Pancho Villa, Paco Ignacio Taibo II dice que todas esas leyendas son sacadas a patadas de la historia, pero también advierte que, aunque puede no ser cierta, nadie tiene la leyenda si no se la merece. Einstein la merece.
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Publicado originalmente en masEjerciciosResueltos

El hombre contra el sistema: La Conjura de los Necios.

martes, 20 de agosto de 2013 · Posted in , , ,

El hombre tomó una manguera de jardinería, metió un extremo por la ventanilla del conductor y el otro lo conectó al tubo de escape. Era un día de primavera de 1969 y el hombre, John Kennedy Toole, terminaba así el último viaje de su vida. Apenas es posible rescatar más datos de su biografía: había nacido en Nueva Orleans 32 años antes, criado por una madre opresiva y graduado con honores en la universidad de Tulane, donde estudió letras. Había servido dos años en el ejército en una base en Puerto Rico y tenido un par de trabajos: uno en la industria textil y otro como vendedor callejero en un carrito de tamales. Años antes había terminado de escribir una novela que sometió a la consideración de varias editoriales: en todas fue rechazada. En parte por esto, en parte por problemas sicológicos más profundos a los que su madre contribuyó, había caído en la espiral depresiva que le llevó, finalmente, a emprender aquél viaje por el país que tuvo fin no lejos de su natal Luisiana: en el vecino estado de Misuri.
En 1976, Thelma Toole, la madre de John, hizo llegar el manuscrito de la novela al escritor Walker Percy para que la leyera. "¿Por qué iba a querer yo hacer tal cosa?", preguntó Percy, "porque es una gran novela", contestó ella. Lo es. El libro fue publicado en 1980 con el título La Conjura de los Necios y ganó el Pulitzer en 1981.
En una calle de Nueva Orleans hay una estatua de un hombre obeso y desgarbado; viste con una gran camisa de franela y carga sobre su cabeza una gorra con orejeras largas; frente a su nariz un gran bigote le sirve como filtro para el polvo y los malos olores. Tiene en la base una leyenda: Igantius J. Reilly as portrayed by John McConnell.
Ignatius Reilly es el personaje principal de La Conjura de los Necios, y sería imposible que fuera el protagonista de una novela de amor, aunque La Conjura de los necios es una historia de amor; tampoco encaja en una tragedia, aunque en buena medida, La Conjura de los Necios es una tragedia, Ignatius parece más un personaje cómico, y la novela es también cómica. Lectores distintos pueden tener apreciaciones distintas: "se trata de una parodia de las novelas policiacas", me dijo alguien que también la leyó. Eso también es cierto.
Ignatius es un Don Quijote definido por su cuerpo. Padece de una obesidad mórbida y le es muy difícil moverse; de carácter nervioso, ha llegado a convertir a su válvula pilórica en la caja de resonancia de todos sus problemas; sometido a estrés se convierte en un dragón que expulsa gases estomacales sonora y contínuamente. Nunca ha tenido un trabajo y pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su cuarto mientras escribe un tratado de moral para la generación decadente en la que le tocó vivir, tiene esa labor como la más importante no sólo para él, sino para su madre; el tiempo, la economía y todas las comodidades de la pareja deben estar sometidas a la realización de esa obra. Por si fuera poco, rige su vida por una filosofía medieval en la que La Consolación de la Filosofía, de Boecio, ha llegado a ser un manual de cabecera y es un firme creyente de que la diosa Fortuna rige al mundo.
A lo largo de la historia mantiene una extraña relación a distancia con Myrna Minkoff, su novia de la universidad, la cual es activista política y tiene la solución a todos su problemas: una buena dosis de sexo lo volvería "normal". Pero a Ignatius le repugna el sexo, y esas insinuaciones de Myrna hacen que él llegue a despreciarla.
Con esa mezcla extemporánea de idealismo medieval y aberración física, es inevitable que se vea metido en problemas en los Estados Unidos durante la Guerra Fría; en más de una ocasión es acusado de "comunista", con las implicaciones que eso conlleva. En tanto pudo, su madre lo mantuvo alejado de los problemas que se causaba a sí mismo, en una burbuja, aislado del mundo como un pequeño Buda; pero una necesidad económica no les deja opción, Ignatius, con un título universitario, debe conseguir un empleo y enfrentarse a la vida.
Lo que sigue es la tragedia que sufren todos los que son diferentes. Y esa tragedia queda expresada, sin ningún sentimentalismo, en ésta frase que Ignatius escribe en uno de sus cuadernos:

"sólo me junto con mis semejantes, pero como no tengo semejantes, siempre estoy solo"

Solo y sometido a ataques continuos que lo convierten en la víctima perfecta de todos los que lo rodean y que por su visión corta del mundo necesitan un chivo expiatorio para justificar sus problemas. Al final son ellos, los hombres de su tiempo, los que muestran una gran maldad. En ellos pensaba John Kennedy Toole cuando le puso título a su libro y escribió, al principio, ésta frase de Jonathan Swift:

"Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios conjuran contra él."

Pocos personajes trascendentes tiene la literatura universal, muy pocos la literatura estadounidense y ninguno la literatura mexicana. Ignatius es un personaje que ha trascendido y con él La Conjura de los Necios también lo ha hecho. Los editores cometen errores, y el rechazo de ésta novela fue uno muy grande. Algo muy parecido sucedió con El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa. En los dos casos el autor murió después de que sus novelas, a la postre reconocidas como obras maestras, fueran rechazadas. En el caso de Kennedy Toole, la decisión fue trágica, porque en buena medida contribuyó a su muerte. De haber sido publicado en los 60, es probable que hubiera continuado escribiendo y se habría evitado, quizá, aquél suicidio en Misuri con una manguera de jardín conectada al escape de un automóvil.

Jaime Bayly. La Noche es Vírgen.

sábado, 18 de mayo de 2013 · Posted in , , ,


La Noche es Vírgen

Recibí esta novela como regalo junto a unas palabras admonitorias: "el protagonista te va a caer mal". Quien me la regaló fue un gran lector amigo mío, con quien generalmente coincido en gustos literarios, que me dijo además, enumerándolas, las características que hacían detestable al personaje principal: clasista, racista y discriminador. Dado que yo no soy ninguna de ésas cosas (al menos así lo creo) aquellas palabras pudieron alejarme de la novela; dicho sea de paso, y aunque no se trate de una ficción, ésa es la razón por la que dejé de leer Mi Lucha, de Adolf Hitler, hace mucho tiempo. Pero tampoco soy un gazmoño y para mí la discriminación, el racismo y el clasismo tienen lugar en cualquier ficción con tal de que no se atente contra la inteligencia del lector, así que esas no fueron razones para no leer La Noche es Vírgen. Pero mi amigo bien pudo haber ido un poco más lejos en su evaluación y haber dicho que se trata de una historia sencilla, pequeña y sin ninguna pretensión de trascendencia: una simple novelita de amor mal correspondido.
Constantemente escucho en un programa de radio muy famoso una frase que me hace sonreir un poco. Justo cuando se ha de hablar del narcotráfico y la violencia asociada, el periodista usa un tono un poco más grave para decir: "Ahora vamos al parte de guerra, a las noticias del México real". Lo que me causa gracia es que el concepto de realidad en éste, como en tantos otros casos, es totalmente subjetivo. Tan real es el país de los pobres violentos como el de los ricos pacíficos. Que una notica sea mala no la hace más real que una buena. Y tan real es el México de los millones que viven en pobreza extrema como el de los pocos que entran cada año en la lista Forbes. Ésta digresión viene al caso porque Gabriel Barrios, el protagonista y narrador de La Noche es Vírgen, vive en Perú, en donde es el conductor de un famoso programa de televisión (la fama del programa en realidad viene de Gabriel) en el que alguna vez le llamó "loco" al presidente Alan García. Pero se trata de un Perú distinto al de las dictaduras militares y el desencanto político de los personajes de Vargas Llosa. Aunque Barrios vive en la zona, ya famosa en la literatura latinoamericana, de San Isidro - Miraflores, no coincide en nada con aquellos personajes sanisidrinos-miraflorinos, como Pichulita Cuéllar o La Niña Mala, a los que, inocente de mí, alguna vez creí habitantes de un barrio pobre o clasemediero de Lima.
Gabriel es un hombre joven y rico, admirado y famoso, drogadicto y homosexual. Y tan elitista que es capaz de viajar a Miami sólo para comprarse unos cómodos calzoncillos de Calvin Klein. Alrededor de él sólo hay personas despreciables, unas más que otras, habitantes todas de un Perú que se limita a la ciudad de Lima, y de una Lima que se limita a San Isidro y Miraflores. Incluso el propio Barrios es miserable en ese Perú minimalista: sólo tiene simpatía por la marihuana y la coca-cola fría, por la cocaína y el pacman, por su madre y su padre; y también por Mariano, un cantante de bar que bajo las luces de neón y los efectos de las drogas se parece mucho al Bono de los 80: cabello a los hombros, cuerpo magro, pantalones de cuero ajustados. Y sólo Mariano parece dar un poco de color a los perpetuos tonos grises de la vida en Lima:

mientras un vientecillo fresco me acariciaba la cara, pensé que no era imposible ser gay y ser feliz y vivir en lima (sólo se necesitaba un poquito de marihuana).
Puesto que todos hemos pensado algunas pocas veces que la felicidad está cerca y que sólo hace falta ese poquito de marihuana, Gabriel Barrios no es, después de todo, tan ajeno al lector, aunque sea un rico despreciable.
Un rico despreciable con un humor un poco ácido:

listo, ya estoy en el haití.
no podrían haberle puesto nombre más adecuado a ése café de miraflores. porque como todo el mundo sabe, haití es una broma de país. y no me digan que exagero: ¿quién carajo quiere irse a vivir a haití? nadie, pues. todos los sufridos negros quieren zafar de allí como sea, en llanta, en boya, encima de un cocodrilo, como chucha sea. pobres mis negros que se mueren ahogados por decenas y son carne rica-riquísima para tanto tiburón desalmado que merodea por esas aguas cálidas.
y así como haití el país es digamos un lugar poco agraciado, haití el café miraflorino hace honor a su nombre y es también un lugar bastante infame.
Hay sin embargo otra coincidencia, más grande y más importante, entre Gabriel Barrios y el lector. A lo largo de la novela, Mariano parece algunas veces un objetivo cercano, claro y complaciente; otras, sólo es un reflejo de lo que Gabriel quiere. Y ese proceso alternado de simpatía y desencanto no deja de ser doloroso. Y ésto es, a fin de cuentas, lo que hermana al peruano rico con el pobre y a todos los seres humanos. Gabriel, arropado por la fama, la juventud y el dinero, sufre.

no llores, gabriel. las lágrimas, cuando estás armado, saben feo. son amargas. chupo mis lágrimas amargas mientras el taxi avanza lenta y ruidosamente camino al malecón.
La felicidad se vive de manera distinta e individual, y cualquiera sabe que las personas felices bien pueden profesarse un odio mutuo. El dolor en cambio es universal. Jaime Bayly escribió una novelita con un personaje fastidioso como protagonista, pero tuvo el tino de volverlo muy empático apelando a una verdad absoluta: el sufrimiento nos hace iguales.

Ward Pool: Lector Interruptus

lunes, 4 de febrero de 2013 · Posted in ,

Rayuela. ¿Un libro para interrumpir la lectura?
Recientemente publiqué en éste blog, una entrada titulada Lectores extraños: el incorregilbe vicio de leer en la que contaba la historia de tres personajes que llevaron las lecturas a niveles de obsesión: Mario Santiago Papasquiaro, Vargas Llosa y Borges. Pues bien, me faltaron por lo menos otros dos: Dostoyevski y Ward Pool. Dejando a Dostoyevski para otra ocasión, hablaré ahora del elusivo señor Pool. La información que de él tenemos llega de un artículo de Fernando Benítez en Revista de Revistas (Cuatro bibliómanos del s. XIX, México, 2 de septiembre de 1934). Éste estadounidense avecindado en México visitaba semanalmente la plaza del seminario conciliar de la catedral metropolitana. Ésta plaza, construída en 1850, era un mercado de libros; más o menos como lo es hoy el mercado de La Lagunilla. Y en ella se daban cita los lectores decimonónicos mexicanos. Entre risas y veras, éstos compradores y vendedores, hacían burla regular a Mr. Pool, porque era víctima de un vicio extraño: era comprador y, (presumiblemente) lector de libros incompletos.
A pesar del control de calidad, las editoriales producen libros incompletos. Muchos libros viejos también son truncos y, por lo mismo, baratos. En el mercado de La Lagunilla un libro incompleto puede encontrarse por 10 pesos o menos. También se trata de libros que nadie quiere por razones obvias. Yo mismo he comprado libros incompletos y me he sentido frustrado. Recuerdo un ejemplar de El Amor y Otros Demonios que leí a medias: la impresión fue tan mala que a partir de la 20, y hasta la última, las páginas impares estaban en blanco. Quizá por eso no me haya parecido una buena novela. En cualquier caso, se me ocurrió (y buenas intenciones tenemos todos) que sería un buen ejercicio completar la redacción para luego compararla con el original de García Márquez que, sobra decirlo, no he leído y creo que nunca leeré. Pero como una forma de consuelo, recordé que el niño Vargas Llosa soñaba con ser escritor mientras escribía finales alternativos a sus lecturas tempranas. En otra ocasión, hace más de diez años, me tocó dejar, sin más, la lectura de Robespierre y Saint Just o el Terror sin la Virtud, de Dominique Jamet, un libro interesantísimo que juega con la idea de que El Incorruptible y Saint-Just eran algo más que amigos. Justo cuando los acontecimientos llegan a la octava noche de Termidor del año Segundo, una noche en la que sólo Robespierre durmió mientras sus enemigos lo condenaban a muerte, dejé la lectura por una razón inverosímil y desde entonces, y aún conociendo el ineludible desenlace, no he dejado de fantasear con lo que ocurrió aquella noche y los días siguientes. Varias posibilidades he barajado y cada una me causa más impaciencia que la otra. Finalmente, he decidido que aunque tenga en mis manos otra vez el libro, no he de terminarlo jamás. Julio Cortázar imita en Rayuela, la más famosa de sus novelas, en cierta medida, a un libro trunco. El lector puede leer el libro de manera lineal (de principio a fin) o hacer una selección de capítulos indicada por el autor. En el segundo caso, un buen número de páginas habrá dejado de existir y el lector sólo podrá imaginar lo que ocurre en ellas. Y qué tal suerte la del hipotético lector que nunca termine de leer la Iliada o la Odisea: probablemente para él, Héctor y los troyanos ganaron la guerra y Odiseo nunca llegó a Ítaca.
Ward Pool compraba exclusivamente esos libros, y ésto era motivo de mil especulaciones. Es probable que los lectores "bien" no dejaran de sentirse superiores al viejo gringo que, tal vez, estaría usando los libros como combustible para el fuego. Sin duda la curiosidad debió ser más grande que el temor que inspiraba aquél hombre grave, porque, no pudiendo resistirla, uno de ellos se le acercó en una ocasión con una pregunta: -Disculpe usted, Mr Pool, pero ¿por qué nunca compra libros nuevos o completos y sólo selecciona los truncos?
La respuesta de Ward merece volúmenes enteros de crítica literaria:

"El lector de una novela es, si usted quiere, el apasionado espectador de una serie de sucedidos, interesantes o no, pero su papel es solamente pasivo; su intervención en la obra de arte es casi nula. Si yo leo nada más el primero o último tomo de una obra novelesca, desconozco el desenlace o planteamiento que fingió el autor. La imaginación entonces, en vez de levantar tan disparatados castillos en el aire puede crear diez, cien, mil desenlaces, y otros tantos comienzos, quizás más interesantes que los tejidos por el autor de la novela. Además queda en el espíritu la inquietud de lo desconocido, esa inquietud creadora a la que debemos los mejores descubrimientos y las admirables ficciones. Usted no me negará que cuando aclaramos, lo que fue para nosotros un turbador misterio, siempre quedamos defraudados. Lo desconocido es, para los hombres, más bello que la más bella de las realidades".

El patio del seminario conciliar fue demolido en 1930 para dar paso a las excavaciones en lo que hoy es la zona arqueológica del templo mayor. Con ella se fueron también los libreros, y con los libreros se fueron historias como la de Ward Pool, el gringo solitario que vivió,y murió, entre libros truncos. Cuando, no muchos años después del suceso narrado por Benítez, fue encontrado muerto, la policía recogió cinco o seis mil volúmenes en su biblioteca: ninguno estaba completo.

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