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Aracne y Athena, tejiendo una venganza eterna

Soy Aracne, hija de Idmón, el hilandero. Desde niña aprendí el oficio del telar. Mi padre, habilidoso y más capaz que cualquiera para añadir tintes a los hilos, me enseñó los rudimentos cuando apenas era una niña. La lana era su favorita, pero también trabajó el lino y la seda. Desde Egipto y Grecia iban las caravanas hasta Lidia, nuestra tierra, llevando arrobas de hilo sólo para que mi padre los tiñera con púrpura de Tiro: baba roja de caracoles fenicios. Reyes, príncipes y emperadores encargaron la confección de sus trajes en nuestros talleres. Alguno de sus mantos llegó incluso a la corte de los medos. Tan grande era mi padre y tan lejos llegó su fama. Y siendo yo su hija, no pude ser otra cosa que la mujer más hábil en el oficio que ojos humanos han visto. A los once años era la mejor hilandera de toda Lidia; mis mantos se vendían lo mismo en Chipre que en Tarento y una admiración más grande aún causaba cuando aquellos que me conocían caían en la cuenta de que aún era una niña. Nunca antes y nunca después se vería tal habilidad en la larga historia de la confección del vestido. Ni los árabes ni los persas, ni los ni los cartagineses ni los fenicios pudieron nunca igualarme.
Al crecer, cuando confeccionaba mis mantos hasta las ninfas y las musas se asomaban entre la floresta para admirar la rapidez de mis manos, la precisión de cada uno de mis dedos actuando como si tuvieran vida propia y la concentración de todo mi cuerpo en la tarea que era capaz de hacer pasar un diseño cualquiera de mi mente a la tela sin haberlo dibujado antes.
-Qué orgullosa debes estar Aracne, y qué agradecida con la diosa Athena, que te ha dado tal habilidad, escogiéndote a ti dentro de todas las mujeres.
Decían todos al ver mis creaciones.
-Orgullosa sí -contestaba- pero agradecida con Athena nunca.
Un dejo de inquietud recorría entonces a quien tales palabras había pronunciado al escucharme desdeñar de tal manera a la diosa.
-Pero si es la diosa de los oficios. Deberías guardarle más respeto.
Pero el respeto yo lo reservo para mi padre, y no para los dioses.
-Si Athena es mejor que yo, entonces que lo demuestre -solía decir. La reto a que aparezca ahora mismo para tejer.
Tantas veces lo repetí y con tanta insistencia, que mis palabras llegaron a ella. Un buen día una vieja se apareció ante mí con la consabida fórmula:
-Agradece a Athena por el don que te ha dado, no sea que ella misma te lo quite.
-Si fuera tan buena, ya estaría aquí mismo -dije molesta- para retarme a crear la tela perfecta. Si es tan buena que se presente ahora mismo.
-¡Ahora mismo aquí estoy! -sonó la voz de la anciana como si fuera un trueno mientras se transformaba en la diosa. Al momento enrojecí de vergüenza, pero me mantuve firme.
-Veo que al fin decidiste competir conmigo. Pasa pues a mi taller, si es que te atreves, y compitamos.
Athena entró mientras me dirigía una mirada de fuego. De inmediato mis ayudantes prepararon un par de telares y las ninfas, acobardadas huyeron al bosque y a las aguas. Conocían la ira de los dioses. Dio inicio entonces un duelo épico durante el cual las dos dimos grandes muestras de virtuosismo. Hilos subían, bajaban y se cruzaban dando forma a escenas divinas. Los mismos dioses debieron estar atentos a aquella singular competencia. Athena tejió su victoria sobre Poseidón, en tanto que yo dibujé a los dioses olímpicos trocados en animales. Sus actitudes casi humanas saltaban de la imagen. Finalmente lo rematé con una greca alrededor. Mis ayudantes y las ninfas palidecieron cuando los trabajos quedaron terminados. Indudablemente el mío era mejor. No pude entonces esconder una sonrisa. Había vencido a la diosa; no había nada qué decir.
-Soy mejor que tú -afirmé- no sin ocultar mi tono de burla natural.
Ella misma, colérica, lo aceptó.
-Así que eres la mejor tejedora -dijo la diosa estallando, al tiempo que rasgaba mi tela. ¡No lo contarás!
Y de inmediato me golpeó con su báculo haciéndome rodar por el suelo a la vista de ninfas, dioses y mis ayudantas. Era evidente que iba a terminar conmigo. Bañada de humillación no pude soportarlo más y me arrastré para tratar de ahorcarme con mis propios hilos. Casi lo consigo, y hubiera sido lo mejor para mí. Sin embargo la ira de Athena no conocía límites.
-Ya que me has humillado de tal manera, te condeno a tejer por toda la eternidad.
Y de nuevo me golpeó con su báculo.
Entonces operó en mí una extraña metamorfosis. Mi cuerpo se encogió, mi vientre se ensanchó y mis extremidades se alargaron y bifurcaron cual dedos dispuestos para hilar. Al instante salí caminando con mis ocho patas y comencé a subir por la soga tejiendo una tela infinita: me había convertido en la primera araña del mundo.

Comentarios

  1. Parece que hizó mella profunda en ti la lectura del libro de mitos griegos del Barco de papel, me parece buena la entrada, sólo por momentos un poc prolongada, :)

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    Respuestas
    1. Sí es bueno el libro. Quiero leer la Metamorfosis. Saludos.

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