Alejandro Dumas, con su larga producción, se cansó de demostrar que cualquier cosa, por inversosímil y fantasiosa que parezca, puede ser literatura. Cuando este "prodigio de fecundidad" se ponía a escribir, ideas no le faltaban. A diferencia de la mayoría de los escritores, sobre todo los actuales, que muestran una alarmante carencia, el francés derrochaba imaginación en proporciones -nunca mejor dicho- bíblicas. Da la impresión, cuando uno lee sus novelas, de que no podía detenerse una vez echada a andar su maquinaria creativa. Tan impresionante resulta que hay quienes dicen, tal vez con una matizada "verdad", que se trata de una obra colectiva creada, sí por Dumas, pero también por un grupo de negros literarios, la mayoría de los cuales ha quedado en el anonimato (Auguste Maquet es el más conocido). En todo caso, la comunidad entera prodigaba imaginación. El grandísimo escritor que era, logró lo que no pudieron sus contrapartes latinoamericanas del siglo XX, los e...