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Lectores extraños: El incorregible vicio de leer.

domingo, 23 de septiembre de 2012 · Posted in

El escritor chileno Roberto Bolaño, cuenta que durante su estancia en México compartió un departamento con el poeta Mario Santiago, el cual, al igual que Bolaño, era un lector empedernido de todo tipo de literatura. Santiago llenaba todos los huecos de su agenda leyendo. Leía en el camión, en la cama, en la calle, e incluso en el baño. Desde luego, no fue el primero ni será el último que utilice las horas muertas pasadas en el baño para leer, pero eso no es lo sorprendente. Bolaño confiesa entre risas de resignación, que después de algún tiempo de encontrar sus libros mojados en días en los que definitivamente no había llovido, hizo un descubrimiento insólito acerca de su compañero de piso: Mario leía libros de pie, en el baño, mientras se bañaba.

Dice Vargas Llosa que un día, de pronto y después de haber viajado ya miles de kilómetros en avión, se dió cuenta de que tenía pánico a volar. Y el miedo a volar, nos dice, no debe ser confundido con el miedo a la muerte. Es miedo a volar. A 10 000 metros de altura, no sirven de consuelo todas esas estadísticas que garantizan que es más seguro el avión que ir en autobus o, incluso, caminar por la banqueta. Así que probó diferentes analgésicos: embriagarse con whiskey, terapia sicológica, etc. Nada de eso funcionó; a las cuentas del sicólogo, los tragos añadieron mareo durante los viajes; dormir tampoco fue opción. La solución llegó, no de otra forma pudo ser, de los libros. Vargas Llosa se dió cuenta de que bastaba perderse durante todo el viaje con una obra del tamaño preciso para la duración del vuelo. Los aviones ya pueden saltar, virar, bajar y subir y él ni se inmuta, leyendo y releyendo a Fernando Vallejo, a Hemingway, a Tolstoi. Ahora, cuando viaja, lleva siempre en su bolsa, una pequeña novela corta, el único paliativo que le funcionó a un hombre que parece haber encontrado en las letras la solución a todos sus problemas.

El mismo Vargas Llosa, en su columna Piedra de Toque, alguna vez publicó la historia de una mujer extraña. Una señorita de Londres que murió y vivió casi en el anonimato. Nadie le conoció nunca un novio, esposo o amante, nadie recordaba siquiera que hubiera tenido amigos. A pesar de sus 80 años, quienes la conocieron coincidían, al hablar con los periodistas, que había muerto sin conocer el amor, ni el físico ni el platónico. Lo extraño del caso, es que la anciana había dejado como herencia, a una asociación de escritores, 400 000 libras esterlinas para la instauración de un premio dedicado a las novelas rosas. Ella misma había sido, en la década de los 50, una escritora de ése género que llegó a publicar hasta 2 novelas al año. Cuando supieron semejante noticia, sus vecinos aburguesados no dejaban de preguntarse por qué habiendo tenido tanto dinero había cometido tal tontería, en vez de procurarse una vida decente. Sin embargo, advierte Vargas Llosa, los tontos fueron siempre ellos, que se limitaban a vivir sus terrenales vidas y no imaginaban la riqueza de la que llevaba dentro de su departamentito la viejita de las novelas rosas. Dentro de ese espacio físico, había tenido amantes, matrimonios, desilusiones, lágrimas y risas, todo a través de los libros que semanalmente le llevaba un empleado de la biblioteca local, que fue el único que pudo dar razón de lo que esa mujer hacía durante todo el día.

La idea de el paraíso como una fuente de placer eterno, sólo refleja el hecho de que nadie está contento en este terrenal valle de lágrimas. Quienes no sufren por hambre o enfermedades, sufren por el amor o por la muerte. Como durante el proceso de asimilación de una pena, la humanidad completa se niega a aceptar que lo que hay en éste mundo, por variado que sea, tiene que ser todo a lo que venimos. El paraíso es el resultado de esa negación. Pero hay de paraísos a paraísos, y el más original, según creo, es el de Borges. Él no quiere doncellas o paz o vida eterna, él sólo busca libros. Para él, la gloria es un vasto universo en forma de biblioteca. Sorprendentemente, creo que más que los cristianos, los budistas, o cualquier otra religión, Borges es el único que ha alcanzado realmente el paraíso: él se negó a la realidad y se abrió a la fantasía, a través de la lectura. Si yo fuera Dios, le concedería a Borges la gracia de estar por toda la eternidad leyendo en una biblioteca infinita.

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