Tres miniaturas lunares

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Uno
Entra con seguridad y busca con la mirada, ya hay pocos lugares libres , los suficientes para que haga una evaluación y decida por uno que está a mi lado. Yo la miro con todas la reservas de asombro que tenía guardadas para cuando descubriera a los reyes magos. Su uniforme es de un rojo opaco, casi café, sobre el que hay algunas rayas azules. -Buenos días -dice mientras gira a su izquierda- Soy María y tengo clases en este salón. Yo me quedo callado por unos segundos mientras ella sonríe. Me he acostumbrado a hablar poco y estoy embobado; quiero voltear a ver si saluda a alguien detrás de mí pero pienso que eso sería bastante tonto. -Buenos días, soy C y también tengo clases en este salón -digo haciendo de tripas corazón. -¡Hola, C! ¿De qué kinder vienes? Ella tiene los ojos verdes de mi mamá y una naricita respingada que hace que no pueda quitarle los ojos de encima, a pesar de que estoy muy nervioso. Su pregunta me hace sentir especial en un día en el que desde la mañana he tenido ganas de llorar. Tal vez estoy callado mucho tiempo porque ella dice: - Yo vengo del Frida Kahlo y siempre uso calcetas combinadas, mira, estas son roja y azul, como la bandera de Francia. Yo no conocía la bandera de Francia y durante mucho tiempo confundí la posición del rojo y el azul; estoy sorprendido pero esta vez me apresuro a responder. -Yo vengo del jardín de niños Primavera y no conozco Francia, cuando sea grande quiero ir. - Cuando vayas tienes que ponerte una calceta azul y una roja -me dice sonriendo- así lo acostumbran los franceses, sobre todo cuando hacen el homenaje a la bandera; los niños y las niñas llevan zapatos blancos y calcetas azul y rojo; cuando vayas te darás cuenta y te acordarás de mí. María fue mi primera novia y una mujer extraordinaria que cambió mi vida. Años después de aquel primer día de clases, y cuando ella ya estaba con alguien más, me subí a un avión directo a París llevando un calcetín azul y otro rojo, también llevaba zapatos blancos.

Dos
Estaba por salir de la preparatoria cuando recibí la noticia de que mi maestro de física pensaba reprobarme. Era un señor gordo de unos 50 años que se equilibraba sobre unos tenis con suela curva porque le habían vendido, cara, la idea de que usándolos iba a bajar de peso. Subió. Yo sentía que el problema del tipo conmigo venía de mi manía de cuestionarlo y dejarlo en ridículo frente al grupo cada vez que podía, y podía muchas veces. Era un ingeniero civil que de vez en cuando la hacía de topógrafo y además acosaba a sus alumnas, incluida Marisol, mi novia. Y tan desobligado que alguna vez -no había dado clases en todo el parcial porque llegaba, sacaba unas copias y se ponía a leer- nos pasó al frente por orden de lista y nos pidió que anotáramos la calificación que creíamos merecer. Yo me puse un ocho, fui el único, los demás se pusieron diez. En fin, no era el peor maestro que había tenido pero por aquellos días tenía muchas ganas de desaparecerlo de la tierra. Alternadamente siento deseos de desaparecer de la tierra a alguien y esa vez era él. No lo maté pero hice algo mejor. La idea se me ocurrió un sábado, yo había ido al club de ajedrez y lo vi tomando de una botella de litro y medio de agua, casi seguro estaba crudo, y supuse que dentro de  poco iría al baño de profesores. Yo sabía que en ese baño, por obra y gracia de los albañiles y demás idiotas que mal construyeron el edificio, había algunos cables eléctricos saliendo muy cerca de uno de los urinarios. También sabía que no tenían corriente pero que bastaba con subir el switch adecuado en el tablero de control junto a la dirección. Entré y conecté los cables con los alambres de la pastilla deodorizante que se hundía en orines cuando no lavaban el baño en días. Estaba limpio pero bajé la palanca hasta que el agua llegó a los cables. Salí tranquilo sin que nadie me viera y esperé unos 15 minutos antes de ver al regordete majadero meterse en el baño y después de diez segundos de gracia, le carbonicé el pene subiendo el switch que estaba en el tablero junto a la dirección.


Tres
Muchos meses más tarde me acordaría de la frase con la que me topé aquel día en la biblioteca. Se cuenta, se escribe y se lee desde hace siglos que el sultán Mehmed II exclamó al contemplar un bosque de turcos empalados por el príncipe Vlad Dracul: "¿Qué hacer contra un hombre así?". Yo recién acababa de conocer a M en aquella misma biblioteca algunos días antes y salíamos juntos a comer. Ella estudiaba letras hispánicas en la modalidad abierta y yo había dado por perdido mi semestre en la ESIQIE. Llegábamos por la mañana, leíamos, escribíamos y platicábamos en voz baja. Yo estaba leyendo algo sobre Rumania y la supervivencia de su lengua a pesar del embate de los pueblos eslavos y ella repasaba a los escolásticos. Quizá con el velo de misterio que nos cubre al principio, ella escuchaba con interés mis monólogos cortos sobre la imposibilidad de Dios y mis alternativas Darwinistas-Dawkinistas a las explicaciones divino-escolásticas a la moral y los tabúes. Desde el principio dejó claro que no soportaba a las personas que malgastaban su vida y su tiempo en cosas inútiles y yo la apoyaba mientras me preguntaba si el futbol y el ajedrez caían dentro de la categoría de lo inútil; también apreciaba mucho a la gente disciplinada que regía su vida por la agenda y el reloj. Me insistió en la importancia de especificar las metas en la vida, sobre todo las metas acompañadas por planes concretos para lograrlas. Yo me defendía lo mejor que podía haciendo malabares para presentar como una meta con un plan estructurado y análisis FODA mi idea de ser ingeniero químico, aunque en realidad ya no me atraía tanto. Así que no fue sorpresivo para mí, aunque no por eso menos doloroso, el día en el que me dijo que ya no quería convivir conmigo con unas palabras que me recordaron a las de Mehmed II: "mira, C, la verdad no sé qué hacer con un hombre como tú."

Cortázar, el juguetón

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No hay alguien llamado Julio Cortázar, no me consta. Abro mi diccionario y leo: "De padres argentinos, nació en Bruselas..." Me consta que hay una ciudad llamada Bruselas porque he estado ahí, pero nunca he estrechado la mano del señor Cortázar. Hojeo una revista literaria y veo, de pie frente a un muelle, a un hombre alto de cabello negrísimo y barba cerrada mirando el agua con una mirada que la traspasa. "Un adulto con un espíritu juguetón y curioso, un cronopio que legó al mundo cuentos, novelas, ensayos..." Acepto que el hombre de la fotografía existe y que alguna vez posó para un fotógrafo, pero de ahí a los diccionarios y a los premios literarios hay un gran trecho. Abro una página de videos en internet y escucho un audio: "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj"; el actor es un hombre de voz agradable y acento indistinguible que arrastra las erres como esos franceses que aprendieron el español  y lo hablan más con la garganta que con la boca. El audio es estupendo. También reviso unas fotografías del escritor Gabriel García Márquez; lo veo con su esposa, con sus amigos, dando un discurso ante muchas personas. Me detengo ante una en donde aparece tirado en una cama junto a un hombre de piernas largas y una máscara: "Gabriel García Márquez junto a Julio Cortázar disfrazado de hombre lobo", reza el pie de figura. Qué bien, parece que alternadamente muchos hombres se las arreglan para hacerse pasar por Julio Cortàzar en distintos lugares y en distintas épocas, y otros muchos les siguen el juego. Voy por la calle y le pregunto a un peatón que si conoce a  un tal Julio Cortázar. El hombre me ve con asombro y pasa de lado sin contestarme, apresura el paso y cruza la calle, es un hombre alto. A pocos pasos encuentro a una muchacha,  amable le sonrío, disculpe, señorita - la abordo- ¿De casualidad conoce usted a Julio Cortázar? -Sí -responde- claro, allí va, es aquel hombre alto.

El Imperio, Ryszard Kapuscinski

No intentó Riszard Kapuscinski comerse de un bocado a la Unión Soviética en este libro, para eso haría falta un personaje salido tal vez de la imaginación de Borges, o Kafka. En cambio hizo lo que cualquier ser humano humilde habría hecho en su lugar, ir tomando probaditas de varias partes y presentarlas así, sin ningún intento de coherencia. Nadie ha podido conocer nunca a Rusia.
Mis primeros encuentros con El Imperio se los debo a Gabriel García Márquez y a Stefan Zweig, ambos viajaron a territorio soviético durante su juventud y ambos quedaron sorprendidos por esa disposición de los hombres rusos a aceptar el sufrimiento como una parte inevitable de la vida. Los europeos occidentales que caían en un gulag, cuenta Kapuscinski, protestaban y daban explicaciones, se resistían a la injusticia; los soviéticos, en cambio, iban como los corderos van al matadero, con la idea de que la vida era así, y cualquier intento de cambiar las cosas solamente iba a empeorarlas. García Márquez dice que a su llegada a Rusia le llamó la atención un juego de mesa que al parecer estaba de moda del otro lado del muro de Berlín. En todos los comercios la gente estaba siempre moviendo bolitas en un bastidor de un lado para otro. Cuando el reportero García Márquez supo qué era aquello no lo podía creer: eran ábacos. Tal vez más que al resto de Europa, Rusia se parece a Asia o a América Latina.
El primer encuentro de Kapuscinski con El Imperio fue mucho menos literario que el mío. Él era de Pinsk, una ciudad polaca que fue invadida en 1939 por Rusia y que ahora es territorio de Bielorusia. El pequeño Riszard sólo recordaba que a partir de la llegada de los rusos algunos pupitres de su escuela empezaron a quedarse vacíos. Uno por aquí y uno más por allá; el maestro también desapareció. También fue testigo de cómo muchas familias fueron subidas en trenes apretujados y nunca volvió a saber de ellos. Y a pesar de eso, el viajero Kapuscinski sentía mucha simpatía por el pueblo ruso, que además de verdugo, siempre ha sabido ser víctima.
Al leer el libro, uno tiene la impresión de que la Unión Soviética era una catástrofe inmensa, que lo mismo fue capaz de producir entre treinta y cien millones de muertos que la ciudad más contaminada del mundo, o hacer desaparecer al mar Aral del mapa, todo con cargo al erario. Y esa catástrofe era causada por una estructura piramidal muy rígida. Malcom Gladwell es un escritor inglés que publicó hace algún tiempo un libro llamado Outliers. Al final de Outliers hay un capítulo en el que Gladwell analiza un fenómeno raro que pasaba en una aerolínea coreana: sus aviones se caían con bastante más frecuencia de la que se podía esperar en una aerolínea seria. Descartadas las razones técnicas, la sospecha recayó en los humanos, en concreto los pilotos y copilotos. En el idioma coreano hay seis niveles de familiaridad a la hora de hablar con alguien: las fórmulas distinguen entre hablar con Dios hasta hablar con un hijo, algo parecido a las formas "usted" y "tú" en el español. Pues resultó que, empezando por ahí, los copilotos coreanos estaban a una distancia enorme de los pilotos. La función de un copiloto es apoyar al piloto en la toma de decisiones, pero en caso de emergencia o ineptitud, debe ser capaz de arrebatar el control de la nave. Esa distancia en el lenguaje se traducía en una lejanía y falta de acceso a la toma de decisiones vitales, algo así como una validación de la hipótesis Sapir-Whorf a nivel doméstico. La Unión Soviética era como una nave gigante en picada en la que las decisiones las tomaba al final una única persona, casi siempre mal informada y muy sola. En cierta ocasión, narra Kapuscinski, Jrushchov encargó un trabajo de investigación periodistica en alguna de las repúblicas de el imperio. Después de afinar detalles, el periodista preguntó -¿cuántos volúmenes de mi trabajo debo imprimir? - Uno sólo -respondió Jruschov- y me lo manda a mí.

Rafael Bernal, El complot mongol

Pocos años después de haber creado a Sherlock Holmes, harto ya del personaje, Conan Doyle lo hizo desaparecer en las cataratas de Reichenbach (en los alpes suizos) junto a su mayor enemigo, el profesor Moriarty. Conan Doyle quería hacer literatura más "seria". Pues bien, esa muerte es la mayor crítica que se le puede hacer a Sherlock Holmes. La literatura en la que vive es una de aventuras. El personaje es muy distante. El lector sólo puede mirarlo como se mira a Dios, con esa consciencia de ser siempre inferior a él. Se le admira por diferente. El complot mongol es una novela del escritor mexicano Rafael Bernal que tiene una trama ni de lejos tan bien pensanda y científica como las que protagoniza Holmes, pero tiene a unos personajes que arrastran conflictos humanos muy profundos.
La idea es bastante retorcida, en China ha surgido un plan para matar al presidente de los Estados Unidos aprovechando su inminente visita a México. El rumor ha sido captado en Mongolia por agentes soviéticos. Para iniciar una rapidísima investigación no oficial, se ha elegido a Filiberto Garcia, un matón a sueldo que otrora (durante la Revolución) fue muy efectivo y en la actualidad ha devenido en detective privado. El hombre es muy bueno para investigar misterios, pero es letal, a su paso siempre ha dejado una estela de cadáveres que lo delata.
El complot mongol es una novela de detectives sólo de manera colateral. Está cargada con los clichés del género pero uno no deja de sentir que el protagonista es un hombre común. A diferencia de lo que pasa con Auguste Dupin, Sherlock Holmes o Hercules Poirot, Filiberto García no tiene poderes deductivos rayando en lo sobrehumano y un IQ elevado que lo conviertan en el mayor cerebro del continente. No, García sólo es un asesino a sueldo que nunca siente remordimientos por sus víctimas. También es un hombre desencantado con el país en el que le toca vivir. En los años 60 la Revolución Mexicana ya estaba muerta desde hacía mucho tiempo, y apestaba. Algunos de sus hombres más corruptos estaban viviendo todavía de los crímenes que durante ella habían cometido. Filiberto los conoce, los ve en los periódicos y sabe que de la guerra ellos cargaron con el dinero y el prestigio mientras él cargó con las almas de los difuntos.
El punto alrededor del cual gravita la novela no es el atentado, sino la historia paralela entre Filiberto García y Martita, una joven que trabaja en el barrio chino. Martita, una china-mexicana de buen cuerpo y cara bonita, hace sentir querido al viejo sobreviviente quizá por primera vez en su vida. La novela es el relato fugaz de un incipiente amor entre ellos. Y si bien el lector sabe desde el principio que aquello no puede tener buen fin, existe siempre latente, como una luz al final del túnel, la perspectiva de que Filiberto pueda salir del ambiente semi clandestino en el que ha vivido para probar un poco de la alegría de sus jefes.
Los fotógrafos dicen que ellos se encargan de abrir ventanas en el tiempo. Una buena fotografía hace que el espectador piense no tanto en lo que ve sino en lo que no ve. En la novela de Rafael Bernal pasa lo mismo, cuando uno la termina, se queda con ese desconcierto de imaginar qué sigue; ese mismo miedo que se siente al pensar que la propia muerte implica dejar de tener noticias de personas y cosas a las que uno quisiera seguirles la pista. Con su novela, Bernal abrió una ventana por la cual nos podemos asomar al México de los 60, pero también abrió una que sirve para vernos un poco a nosotros mismos y averiguar cómo somos y hemos sido siempre. Y si nos asomamos, tal vez podamos decir, con la muletilla de García: Pinche México, pinche soledad.

HHhH

HHhH, dicen en la SS: Himmlers Hirn heisst Heydrich, el cerebro de Himmler se llama Heydrich
Se llamaba Reinhardt Heydrich y era el arquetipo racial nazi: blanco de ojos azules, alto, disciplinado y sin una pizca de piedad. Tocaba el violín, su padre fue el cantante de ópera y compositor Bruno Heydrich. Era un experto en el esgrima, y prefería el sable al florete por ser un arma mucho más agresiva. Cuando estaba en las reuniones de jerarcas nazis, le sacaba una cabeza a los presentes; el suyo era el contraste con esos cuerpos tristes en los que estaban atrapados Bormann, Göring, Himmler y también Hitler. Le apodaban La Bestia Rubia.
Fue el armador de la conferencia de Wannssee, en la cual se puso a andar la "solución final" en el caso judío o, dicho sea sin rodeos, el asesinato de 11 millones de personas en los territorios ocupados; personas no necesariamente judías, porque la palabra "judío" era más o menos un comodín que incluía a eslavos, comunistas, homosexuales, enfermos, gitanos y en general cualquier indeseable para los nazis. Sin duda America Latina; China, Japón (Hitler veía la alianza con Japón como una necesidad pasajera), África, etc., calificaban como territorio judío, aunque los judíos en esos lugares se contaban con los dedos de una mano. Antes de Wannsee el exterminio ya había empezado, pero el método era tan rústico como el que utilizan ahora los narcotraficantes mexicanos, se apilaba a decenas de personas en el fondo de una hondonada y eran ultimadas por paramilitares alemanes de la SS, paramilitares que, humanos al fin, terminaban con los nervios destrozados y aborreciendo esa labor que los condenaba a mancharse, literalmente, de sangre. Cuentan que el propio Himmler acudió alguna vez a presenciar una de esas matanzas y la sangre de dos mujeres le salpicó; el eugenesista mayor cayó desmayado de la impresión. Se probó otro método, echar a andar camiones cerrados repletos de personas y con el escape conectado al interior. Llegando a destino todos estaban muertos; con los detalles de que todos habían defecado y tenían un ligero color rosa (las consecuencias de morir gaseado). También se le apostó al maltrato durante el proceso para provocar muertes por causa "natural". Algunos morían, pero no todos. Aquello era el trabajo de nunca acabar y había que dar un giro a la cuestión, Heydrich se encargó se hacerlo. El plan para industrializar el exterminio se llamó Operación Reindhard (un homenaje a su genio creador) e incluyó la creación de Treblinka, Sobibor, Majdanek, Belzec, Chelmno y Auschwitz-Birkenau.
En 1942, sólo unos seis meses después de haber llegado Praga para "poner en orden" el protectorado de Bohemia-Moravia, Hitler pensaba transferirlo a Paris para meter en cintura a los colaboracionistas franceses. Francia, y en general el oeste de Europa, vivieron una ocupación light si la comparamos con las atrocidades que se cometieron en el este. Paris era una fiesta y lo siguió siendo en la Francia de Vichy. Con la llegada de Heydrich, los franceses iban a tener una probadita de la realidad eslava. Pero no pudo ser, porque justo el día que la bestia rubia salía para Berlín, a afinar detalles de su traslado con Hitler, un par de paracaidistas (uno checo y el otro eslovaco) atentaron contra él en el camino de su casa al aeropuerto. A pesar de que las lesiones por sí mismas no pusieron en peligro su vida, una infección le causó la muerte seis días después (dato macabro: posteriormente, y con un espíritu "científico", el médico alemán que falló al salvarle la vida, dicho sea de paso porque Alemania no tenía penicilina, provocó e infectó las mismas heridas que llevaron a la muerte a su distinguido paciente en 74 jóvenes, sólo para ver en qué había fallado).
HHhH es un libro acerca de La Bestia Rubia, de la resistencia checoslovaca y de todo lo que tuvo que pasar para que el hombre y sus asesinos estuvieran, por unos instantes, frente a frente en un recodo del camino.
Pero tal vez sea injusto decir que se trata sólo de un libro, en realidad son dos. El primero abarca la historia de Reindhart Heydrich hasta su muerte, con un recuento de las relaciones entre Alemania y Checoslovaquia, desde la Edad Media hasta la crisis de Los Sudetes. El segundo es la narración de cómo los asesinos, traicionados por uno de los suyos, resisten en una iglesia en Praga por más de ocho horas a 800 elementos de la SS antes de cometer suicidio.
Laurent Binet, el autor, es más inteligente que talentoso. No se trata de un maestro de la narración y la novela carece de coherencia. Pero prueba de su inteligencia es que ha escrito una novela que más bien parece un ensayo, una gota de originalidad que se agradece bastante. Una novela histórica en la cual casi no hay nada de ficción, y cuando la hay, el escritor aparece de inmediato para ofrecer una disculpa por atreverse a llenar los huecos de su investigación con invenciones. Una novela de la cual puedo repetir esta frase de Vargas Llosa: "la recordaré con nitidez lo que me queda de vida".

Vicente Leñero: Más gente así

En 1965, siendo un joven escritor con un futuro excelente, Vicente Leñero acudió a una reunión en la que se congregaba lo mejor las letras mexicanas. La catalana Carmen Balcells estaba en el país buscando escritores para representarlos como su agente litararia.
-Ya tengo a Vargas Llosa y a Cabrera Infante -dijo como carta de presentación.
Leñero se acababa de anotar un éxito temprano con su primera novela y Carmen lo quería en su nómina. Para hacer ingeniería social, se había organizado aquella velada. Como la mujer estaba rodeada de personas importantes, Leñero se hizo chiquito y se sentó junto a un hombre bigotón que comía sandwichitos. Él también tomó uno.
-Los albañiles -dijo el bigotón.
-¿Que qué?. ¿Ha leído usted mi novela?
-La tengo en mi buró, junto a los libros de Graham Greene. Ya sólo tú y yo leemos a Graham Greene.
Una de las desventajas de ser famoso es que la gente te saluda en todos lados y tú ni idea, pero qué se le va a hacer, ese es el precio de la fama.
Leñero se sintió tan contento como se siente un escritor al que le hablan de su obra. Tomó whiskeys y comió más sandwichitos. El hombre sí que sabía de literatura. Hablaron de El tercer hombre y El americano impasible, también de Inglaterra me hizo así. Definitivamente se trataba de un escritor, pero ya a esas alturas, preguntar su nombre iba a ser una descortesía. Aprovechando un descuido de su interlocutor se acercó a un amigo.
-Oye, ¿quién es ese hombre de bigotes? Llevo rato platicando con él pero no lo conozco.
El hombre era escritor y con el tiempo llegaría a ser el favorito de Balcells, era Gabriel García Márquez.
Me hubiera gustado escribir un par de entradas para hablar de Vicente Leñero, una para Gente así y otra para Más gente así, pero la calidad de los libros no da para tanto. Tuve la suerte de leerlos en orden inverso y prefiero quedarme con la buena impresión de Más gente así; en especial con los tres primeros relatos y en particular con el primero, Las uvas estaban verdes, de donde tomé la anécdota anterior. Nunca antes había sido capaz de avanzar en un libro de Leñero; lo intenté con Los albañiles y con Estudio Q pero hace ya mucho tiempo que dejé de leer libros que no me gustan. Más gente así me gustó. Las uvas estaban verdes es un testimonio de varios años de relación dolorosa entre Balcells y Leñero al cabo de los cuales han alcanzado una sana indiferencia. También es, a mi modo de ver, una crónica del desencanto que sufrió Leñero al saber que nunca formaría parte de ese Boom latinoamericano que volvió famosos y ricos, casi de la nobleza (Vargas Llosa es, de hecho, un marqués) a cuatro o cinco escritores y dejó mirando a los demás. Tomando como base una fábula de Esopo, Leñero le escribe un reclamo literario a Carmen que parece decir: al fin y al cabo, no quería que me representaras.
El libro está compuesto por 15 relatos en los que el autor juega mezclando hechos con fantasía. Al inicio de Gente así escribió: "Quien dice la verdad, casi no dice nada". No pretendo dar una reseña de cada uno de los escritos sino más bien remarcar que el libro es bueno, sobre todo al principio. Aún así, sería una gran falta no mencionar el tercero: Guerra santa. Ahí aparece narrada una noticia que publicó originalmente La Jornada y que fue convertida en cuento a base de querer ser guión de cine. Un pastor estadounidense y un sacerdote mexicano se enfrascan en una lucha desleal por las almas de los hombres en un pueblito en Texas. A caballo entre la tragedia y la comedia, la historia parece tener sentido sólo porque la cuenta Leñero, porque en otro tono y otro lugar no podría caber. Sólo en un libro llamado Gente así o Más gente así.

Todos somos neuróticos

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Como parte de un proyecto escolar, mi amigo Carlos y yo fuimos de visitantes a un grupo de Neuróticos Anónimos en el DF. Todos los detalles a continuación son reales, algunos nombres han sido cambiados. Como deferencia a los (posibles) lectores, he dividido el relato en etapas. Ésta es la tercera:

Caminando hacia su lugar, Flavio arrastraba la pierna como arrastraba la vida.
-Me super urge apadrinarme -dijo en la tarima.
Poco después lo vi desaparecer con otro miembro del grupo en uno de los cuartos del fondo. Alcohólicos Anónimos, el papá de Neuróticos Anónimos, surgió con un apadrinamiento mutuo entre sus fundadores. Echarse la responsabilidad por el bienestar de otro es una forma de sentirse útil y aporta una buena razón para salir adelante. Otra vez, ya sin sorpresa, escuché al encargado de dirigir la sesión decir:
-Gracias por tu testimonio, Flavio. Esperamos que te vayas bien hoy a tu casa.
Aquello parecía una burla, pero dejar en paz a los otros es una buena forma de evitarse problemas. Ya bastante carga cada quien con los propios. Además nadie quiere escuchar consejos, todos queremos más bien que nos escuchen, y eso es algo que casi nadie hace. Para eso está la tarima de NA.
Por segunda vez Gaby nos ofreció café. Coincidí con Carlos cuando me dijo, al salir, que ella estaba obsesionada con repetir las cosas, a él le ofreció café tres veces, tres veces dijo que su gripa era causada por su neurosis (y no por un virus) y otras tantas mencionó a su hijo; ese era su problema, había perdido a un hijo hacía varios años, y aún no lo superaba. Tal vez no lo supere nunca. Desde el principio su acento me pareció familiar. Nos confirmó que era tabasqueña y había vivido en Veracruz durante algún tiempo.
Tocó el turno a Fernando, un muchacho que parecía bastante joven a sus 27 años. A diferencia de los demás, él tenía problemas para hablar. Las palabras le salían con mucho esfuerzo y se sentía muy incómodo al atraer para sí la atención de los demás. Pero llevaba muchas cosas para dejar y a eso iba. A dejar todo en aquella tarima para poder regresar a su casa tranquilo, al menos por ese día.
No me quedó claro cual era su problema. Salvo la inquietud que transmitía, parecía bastante "normal". Ese día había estado a punto de aceptar una invitación para ir a una fiesta con jóvenes de su edad. Afortunadamente no había ido y pasó la tarde en el grupo. Era un tipo mal tomado y en las reuniones abundaba el alcohol. El fin de semana anterior había planeado una escalada con sus amigos y se arruinó por una nimiedad. En la noche anterior, mientras su madre calentaba el motor del carro, él se colgó del cristal de la puerta y empezó a tirarlo con fuerza. Para hacerlo entrar en razón, su padre le alzó la voz. Esa noche no la pasó bien y al final no fue a escalar.
Tenía aspiraciones extrañas. Quería ser un aventurero, "así como ese que sale en la tele" (se refería a Bear Grylls), pero veía muy lejos su sueño. Después de todo, Bear había estudiado mucho para llegar a donde estaba. Le deprimía no poder ser como el héroe de A prueba de todo. Aquellos días estaba también preocupado por su prima. Ella trabajaba en el ejército y el 16 de septiembre, durante el desfile militar, había estado haciendo el saludo marcial (pies firmes, mano en la sien) durante varias horas; eso le había causado un problema muscular. También era acosada por uno de sus superiores. Fernando estaba preocupado.
Terminada la sesión, abrumados por haber estado cerca de tres horas, Carlos y yo salimos pronto del lugar. Caminando hacia la estación de metro, pensé que aquello de ser un miembro de un grupo anónimo (alcohólico, comedor, neurótico, adicto al sexo, a un hombre...) con el tiempo te convertía en adicto a un club social. Y bien visto, todos tenemos problemas sin solución, todos queremos que nos escuchen y siempre habrá un extravagante que acuda a los grupos por las razones más diversas. En Juchitán el escritor argentino Martín Caparrós encontró a un hombre que durante meses había acudido a un grupo de Neuróticos Anónimos porque se decía "embrujado" por un muxe. El tiempo pasaba y las juntas no surtían efecto.
-¿Cree usted que se cure algún día? -preguntó Caparrós, como todo ser ajeno a un grupo de autoayuda que no concibe estar ligado de por vida a uno de ellos.
-No, respondió el hombre -no creo que me cure nunca. Es que tienen algo, mi amigo, tienen algo.

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