El Imperio, Ryszard Kapuscinski

viernes, 9 de septiembre de 2016 · Posted in , , , ,

No intentó Riszard Kapuscinski comerse de un bocado a la Unión Soviética en este libro, para eso haría falta un personaje salido tal vez de la imaginación de Borges, o Kafka. En cambio hizo lo que cualquier ser humano humilde habría hecho en su lugar, ir tomando probaditas de varias partes y presentarlas así, sin ningún intento de coherencia. Nadie ha podido conocer nunca a Rusia.
Mis primeros encuentros con El Imperio se los debo a Gabriel García Márquez y a Stefan Zweig, ambos viajaron a territorio soviético durante su juventud y ambos quedaron sorprendidos por esa disposición de los hombres rusos a aceptar el sufrimiento como una parte inevitable de la vida. Los europeos occidentales que caían en un gulag, cuenta Kapuscinski, protestaban y daban explicaciones, se resistían a la injusticia; los soviéticos, en cambio, iban como los corderos van al matadero, con la idea de que la vida era así, y cualquier intento de cambiar las cosas solamente iba a empeorarlas. García Márquez dice que a su llegada a Rusia le llamó la atención un juego de mesa que al parecer estaba de moda del otro lado del muro de Berlín. En todos los comercios la gente estaba siempre moviendo bolitas en un bastidor de un lado para otro. Cuando el reportero García Márquez supo qué era aquello no lo podía creer: eran ábacos. Tal vez más que al resto de Europa, Rusia se parece a Asia o a América Latina.
El primer encuentro de Kapuscinski con El Imperio fue mucho menos literario que el mío. Él era de Pinsk, una ciudad polaca que fue invadida en 1939 por Rusia y que ahora es territorio de Bielorusia. El pequeño Riszard sólo recordaba que a partir de la llegada de los rusos algunos pupitres de su escuela empezaron a quedarse vacíos. Uno por aquí y uno más por allá; el maestro también desapareció. También fue testigo de cómo muchas familias fueron subidas en trenes apretujados y nunca volvió a saber de ellos. Y a pesar de eso, el viajero Kapuscinski sentía mucha simpatía por el pueblo ruso, que además de verdugo, siempre ha sabido ser víctima.
Al leer el libro, uno tiene la impresión de que la Unión Soviética era una catástrofe inmensa, que lo mismo fue capaz de producir entre treinta y cien millones de muertos que la ciudad más contaminada del mundo, o hacer desaparecer al mar Aral del mapa, todo con cargo al erario. Y esa catástrofe era causada por una estructura piramidal muy rígida. Malcom Gladwell es un escritor inglés que publicó hace algún tiempo un libro llamado Outliers. Al final de Outliers hay un capítulo en el que Gladwell analiza un fenómeno raro que pasaba en una aerolínea coreana: sus aviones se caían con bastante más frecuencia de la que se podía esperar en una aerolínea seria. Descartadas las razones técnicas, la sospecha recayó en los humanos, en concreto los pilotos y copilotos. En el idioma coreano hay cinco niveles de familiaridad a la hora de hablar con alguien: las fórmulas distinguen entre hablar con Dios hasta hablar con un hijo, algo parecido a las formas "usted" y "tú" en el español. Pues resultó que, empezando por ahí, los copilotos coreanos estaban a una distancia enorme de los pilotos. La función de un copiloto es apoyar al piloto en la toma de decisiones, pero en caso de emergencia o ineptitud, debe ser capaz de arrebatar el control de la nave. Esa distancia en el lenguaje se traducía en una lejanía y falta de acceso a la toma de decisiones vitales, algo así como una validación de la hipótesis Sapir-Worf a nivel doméstico. La Unión Soviética era como una nave gigante en picada en la que las decisiones las tomaba al final una única persona, casi siempre mal informada y muy sola. En cierta ocasión, narra Kapuscinski, Jrushchov encargó un trabajo de investigación periodistica en alguna de las repúblicas de el imperio. Después de afinar detalles, el periodista preguntó -¿cuántos volúmenes de mi trabajo debo imprimir? - Uno sólo -respondió Jruschov- y me lo manda a mí.

Rafael Bernal, El complot mongol

sábado, 14 de febrero de 2015 · Posted in , , ,

Pocos años después de haber creado a Sherlock Holmes, harto ya del personaje, Conan Doyle lo hizo desaparecer en las cataratas de Reichenbach (en los alpes suizos) junto a su mayor enemigo, el profesor Moriarty. Conan Doyle quería hacer literatura más "seria". Pues bien, esa muerte es la mayor crítica que se le puede hacer a Sherlock Holmes. La literatura en la que vive es una de aventuras. El personaje es muy distante. El lector sólo puede mirarlo como se mira a Dios, con esa consciencia de ser siempre inferior a él. Se le admira por diferente. El complot mongol es una novela del escritor mexicano Rafael Bernal que tiene una trama ni de lejos tan bien pensanda y científica como las que protagoniza Holmes, pero tiene a unos personajes que arrastran conflictos humanos muy profundos.
La idea es bastante retorcida, en China ha surgido un plan para matar al presidente de los Estados Unidos aprovechando su inminente visita a México. El rumor ha sido captado en Mongolia por agentes soviéticos. Para iniciar una rapidísima investigación no oficial, se ha elegido a Filiberto Garcia, un matón a sueldo que otrora (durante la Revolución) fue muy efectivo y en la actualidad ha devenido en detective privado. El hombre es muy bueno para investigar misterios, pero es letal, a su paso siempre ha dejado una estela de cadáveres que lo delata.
El complot mongol es una novela de detectives sólo de manera colateral. Está cargada con los clichés del género pero uno no deja de sentir que el protagonista es un hombre común. A diferencia de lo que pasa con Auguste Dupin, Sherlock Holmes o Hercules Poirot, Filiberto García no tiene poderes deductivos rayando en lo sobrehumano y un IQ elevado que lo conviertan en el mayor cerebro del continente. No, García sólo es un asesino a sueldo que nunca siente remordimientos por sus víctimas. También es un hombre desencantado con el país en el que le toca vivir. En los años 60 la Revolución Mexicana ya estaba muerta desde hacía mucho tiempo, y apestaba. Algunos de sus hombres más corruptos estaban viviendo todavía de los crímenes que durante ella habían cometido. Filiberto los conoce, los ve en los periódicos y sabe que de la guerra ellos cargaron con el dinero y el prestigio mientras él cargó con las almas de los difuntos.
El punto alrededor del cual gravita la novela no es el atentado, sino la historia paralela entre Filiberto García y Martita, una joven que trabaja en el barrio chino. Martita, una china-mexicana de buen cuerpo y cara bonita, hace sentir querido al viejo sobreviviente quizá por primera vez en su vida. La novela es el relato fugaz de un incipiente amor entre ellos. Y si bien el lector sabe desde el principio que aquello no puede tener buen fin, existe siempre latente, como una luz al final del túnel, la perspectiva de que Filiberto pueda salir del ambiente semi clandestino en el que ha vivido para probar un poco de la alegría de sus jefes.
Los fotógrafos dicen que ellos se encargan de abrir ventanas en el tiempo. Una buena fotografía hace que el espectador piense no tanto en lo que ve sino en lo que no ve. En la novela de Rafael Bernal pasa lo mismo, cuando uno la termina, se queda con ese desconcierto de imaginar qué sigue; ese mismo miedo que se siente al pensar que la propia muerte implica dejar de tener noticias de personas y cosas a las que uno quisiera seguirles la pista. Con su novela, Bernal abrió una ventana por la cual nos podemos asomar al México de los 60, pero también abrió una que sirve para vernos un poco a nosotros mismos y averiguar cómo somos y hemos sido siempre. Y si nos asomamos, tal vez podamos decir, con la muletilla de García: Pinche México, pinche soledad.

HHhH

domingo, 23 de noviembre de 2014 · Posted in , , , ,

HHhH, dicen en la SS: Himmlers Hirn heisst Heydrich, el cerebro de Himmler se llama Heydrich
Se llamaba Reinhardt Heydrich y era el arquetipo racial nazi: blanco de ojos azules, alto, disciplinado y sin una pizca de piedad. Tocaba el violín, su padre fue el cantante de ópera y compositor Bruno Heydrich. Era un experto en el esgrima, y prefería el sable al florete por ser un arma mucho más agresiva. Cuando estaba en las reuniones de jerarcas nazis, le sacaba una cabeza a los presentes; el suyo era el contraste con esos cuerpos tristes en los que estaban atrapados Bormann, Göring, Himmler y también Hitler. Le apodaban La Bestia Rubia.
Fue el armador de la conferencia de Wannssee, en la cual se puso a andar la "solución final" en el caso judío o, dicho sea sin rodeos, el asesinato de 11 millones de personas en los territorios ocupados; personas no necesariamente judías, porque la palabra "judío" era más o menos un comodín que incluía a eslavos, comunistas, homosexuales, enfermos, gitanos y en general cualquier indeseable para los nazis. Sin duda America Latina; China, Japón (Hitler veía la alianza con Japón como una necesidad pasajera), África, etc., calificaban como territorio judío, aunque los judíos en esos lugares se contaban con los dedos de una mano. Antes de Wannsee el exterminio ya había empezado, pero el método era tan rústico como el que utilizan ahora los narcotraficantes mexicanos, se apilaba a decenas de personas en el fondo de una hondonada y eran ultimadas por paramilitares alemanes de la SS, paramilitares que, humanos al fin, terminaban con los nervios destrozados y aborreciendo esa labor que los condenaba a mancharse, literalmente, de sangre. Cuentan que el propio Himmler acudió alguna vez a presenciar una de esas matanzas y la sangre de dos mujeres le salpicó; el eugenesista mayor cayó desmayado de la impresión. Se probó otro método, echar a andar camiones cerrados repletos de personas y con el escape conectado al interior. Llegando a destino todos estaban muertos; con los detalles de que todos habían defecado y tenían un ligero color rosa (las consecuencias de morir gaseado). También se le apostó al maltrato durante el proceso para provocar muertes por causa "natural". Algunos morían, pero no todos. Aquello era el trabajo de nunca acabar y había que dar un giro a la cuestión, Heydrich se encargó se hacerlo. El plan para industrializar el exterminio se llamó Operación Reindhard (un homenaje a su genio creador) e incluyó la creación de Treblinka, Sobibor, Majdanek, Belzec, Chelmno y Auschwitz-Birkenau.
En 1942, sólo unos seis meses después de haber llegado Praga para "poner en orden" el protectorado de Bohemia-Moravia, Hitler pensaba transferirlo a Paris para meter en cintura a los colaboracionistas franceses. Francia, y en general el oeste de Europa, vivieron una ocupación light si la comparamos con las atrocidades que se cometieron en el este. Paris era una fiesta y lo siguió siendo en la Francia de Vichy. Con la llegada de Heydrich, los franceses iban a tener una probadita de la realidad eslava. Pero no pudo ser, porque justo el día que la bestia rubia salía para Berlín, a afinar detalles de su traslado con Hitler, un par de paracaidistas (uno checo y el otro eslovaco) atentaron contra él en el camino de su casa al aeropuerto. A pesar de que las lesiones por sí mismas no pusieron en peligro su vida, una infección le causó la muerte seis días después (dato macabro: posteriormente, y con un espíritu "científico", el médico alemán que falló al salvarle la vida, dicho sea de paso porque Alemania no tenía penicilina, provocó e infectó las mismas heridas que llevaron a la muerte a su distinguido paciente en 74 jóvenes, sólo para ver en qué había fallado).
HHhH es un libro acerca de La Bestia Rubia, de la resistencia checoslovaca y de todo lo que tuvo que pasar para que el hombre y sus asesinos estuvieran, por unos instantes, frente a frente en un recodo del camino.
Pero tal vez sea injusto decir que se trata sólo de un libro, en realidad son dos. El primero abarca la historia de Reindhart Heydrich hasta su muerte, con un recuento de las relaciones entre Alemania y Checoslovaquia, desde la Edad Media hasta la crisis de los sudetes. El segundo es la narración de cómo los asesinos, traicionados por uno de los suyos, resisten en una iglesia en Praga por más de ocho horas a 800 elementos de la SS antes de cometer suicidio.
Laurent Binet, el autor, es más inteligente que talentoso. No se trata de un maestro de la narración y la novela carece de coherencia. Pero prueba de su inteligencia es que ha escrito una novela que más bien parece un ensayo, una gota de originalidad que se agradece bastante. Una novela histórica en la cual casi no hay nada de ficción, y cuando la hay, el escritor aparece de inmediato para ofrecer una disculpa por atreverse a llenar los huecos de su investigación con invenciones. Una novela de la cual puedo repetir esta frase de Vargas Llosa: "la recordaré con nitidez lo que me queda de vida".

Vicente Leñero: Más gente así.

miércoles, 12 de noviembre de 2014 · Posted in , , ,

En 1965, siendo un joven escritor con un futuro excelente, Vicente Leñero acudió a una reunión en la que se congregaba lo mejor las letras mexicanas. La catalana Carmen Balcells estaba en el país buscando escritores para representarlos como su agente litararia.
-Ya tengo a Vargas Llosa y a Cabrera Infante -dijo como carta de presentación.
Leñero se acababa de anotar un éxito temprano con su primera novela y Carmen lo quería en su nómina. Para hacer ingeniería social, se había organizado aquella velada. Como la mujer estaba rodeada de personas importantes, Leñero se hizo chiquito y se sentó junto a un hombre bigotón que comía sandwichitos. Él también tomó uno.
-Los albañiles -dijo el bigotón.
-¿Que qué?. ¿Ha leído usted mi novela?
-La tengo en mi buró, junto a los libros de Graham Greene. Ya sólo tú y yo leemos a Graham Greene.
Una de las desventajas de ser famoso es que la gente te saluda en todos lados y tú ni idea, pero qué se le va a hacer, ese es el precio de la fama.
Leñero se sintió tan contento como se siente un escritor al que le hablan de su obra. Tomó whiskeys y comió más sandwichitos. El hombre sí que sabía de literatura. Hablaron de El tercer hombre y El americano impasible, también de Inglaterra me hizo así. Definitivamente se trataba de un escritor, pero ya a esas alturas, preguntar su nombre iba a ser una descortesía. Aprovechando un descuido de su interlocutor se acercó a un amigo.
-Oye, ¿quién es ese hombre de bigotes? Llevo rato platicando con él pero no lo conozco.
El hombre era escritor y con el tiempo llegaría a ser el favorito de Balcells, era Gabriel García Márquez.
Me hubiera gustado escribir un par de entradas para hablar de Vicente Leñero, una para Gente así y otra para Más gente así, pero la calidad de los libros no da para tanto. Tuve la suerte de leerlos en orden inverso y prefiero quedarme con la buena impresión de Más gente así; en especial con los tres primeros relatos y en particular con el primero, Las uvas estaban verdes, de donde tomé la anécdota anterior. Nunca antes había sido capaz de avanzar en un libro de Leñero; lo intenté con Los albañiles y con Estudio Q pero hace ya mucho tiempo que dejé de leer libros que no me gustan. Más gente así me gustó. Las uvas estaban verdes es un testimonio de varios años de relación dolorosa entre Balcells y Leñero al cabo de los cuales han alcanzado una sana indiferencia. También es, a mi modo de ver, una crónica del desencanto que sufrió Leñero al saber que nunca formaría parte de ese Boom latinoamericano que volvió famosos y ricos, casi de la nobleza (Vargas Llosa es, de hecho, un marqués) a cuatro o cinco escritores y dejó mirando a los demás. Tomando como base una fábula de Esopo, Leñero le escribe un reclamo literario a Carmen que parece decir: al fin y al cabo, no quería que me representaras.
El libro está compuesto por 15 relatos en los que el autor juega mezclando hechos con fantasía. Al inicio de Gente así escribió: "Quien dice la verdad, casi no dice nada". No pretendo dar una reseña de cada uno de los escritos sino más bien remarcar que el libro es bueno, sobre todo al principio. Aún así, sería una gran falta no mencionar el tercero: Guerra santa. Ahí aparece narrada una noticia que publicó originalmente La Jornada y que fue convertida en cuento a base de querer ser guión de cine. Un pastor estadounidense y un sacerdote mexicano se enfrascan en una lucha desleal por las almas de los hombres en un pueblito en Texas. A caballo entre la tragedia y la comedia, la historia parece tener sentido sólo porque la cuenta Leñero, porque en otro tono y otro lugar no podría caber. Sólo en un libro llamado Gente así o Más gente así.

Todos somos neuróticos

sábado, 8 de noviembre de 2014 · Posted in

Como parte de un proyecto escolar, mi amigo Carlos y yo fuimos de visitantes a un grupo de Neuróticos Anónimos en el DF. Todos los detalles a continuación son reales, algunos nombres han sido cambiados. Como deferencia a los (posibles) lectores, he dividido el relato en etapas. Ésta es la tercera:

Caminando hacia su lugar, Flavio arrastraba la pierna como arrastraba la vida.
-Me super urge apadrinarme -dijo en la tarima.
Poco después lo vi desaparecer con otro miembro del grupo en uno de los cuartos del fondo. Alcohólicos Anónimos, el papá de Neuróticos Anónimos, surgió con un apadrinamiento mutuo entre sus fundadores. Echarse la responsabilidad por el bienestar de otro es una forma de sentirse útil y aporta una buena razón para salir adelante. Otra vez, ya sin sorpresa, escuché al encargado de dirigir la sesión decir:
-Gracias por tu testimonio, Flavio. Esperamos que te vayas bien hoy a tu casa.
Aquello parecía una burla, pero dejar en paz a los otros es una buena forma de evitarse problemas. Ya bastante carga cada quien con los propios. Además nadie quiere escuchar consejos, todos queremos más bien que nos escuchen, y eso es algo que casi nadie hace. Para eso está la tarima de NA.
Por segunda vez Gaby nos ofreció café. Coincidí con Carlos cuando me dijo, al salir, que ella estaba obsesionada con repetir las cosas, a él le ofreció café tres veces, tres veces dijo que su gripa era causada por su neurosis (y no por un virus) y otras tantas mencionó a su hijo; ese era su problema, había perdido a un hijo hacía varios años, y aún no lo superaba. Tal vez no lo supere nunca. Desde el principio su acento me pareció familiar. Nos confirmó que era tabasqueña y había vivido en Veracruz durante algún tiempo.
Tocó el turno a Fernando, un muchacho que parecía bastante joven a sus 27 años. A diferencia de los demás, él tenía problemas para hablar. Las palabras le salían con mucho esfuerzo y se sentía muy incómodo al atraer para sí la atención de los demás. Pero llevaba muchas cosas para dejar y a eso iba. A dejar todo en aquella tarima para poder regresar a su casa tranquilo, al menos por ese día.
No me quedó claro cual era su problema. Salvo la inquietud que transmitía, parecía bastante "normal". Ese día había estado a punto de aceptar una invitación para ir a una fiesta con jóvenes de su edad. Afortunadamente no había ido y pasó la tarde en el grupo. Era un tipo mal tomado y en las reuniones abundaba el alcohol. El fin de semana anterior había planeado una escalada con sus amigos y se arruinó por una nimiedad. En la noche anterior, mientras su madre calentaba el motor del carro, él se colgó del cristal de la puerta y empezó a tirarlo con fuerza. Para hacerlo entrar en razón, su padre le alzó la voz. Esa noche no la pasó bien y al final no fue a escalar.
Tenía aspiraciones extrañas. Quería ser un aventurero, "así como ese que sale en la tele" (se refería a Bear Grylls), pero veía muy lejos su sueño. Después de todo, Bear había estudiado mucho para llegar a donde estaba. Le deprimía no poder ser como el héroe de A prueba de todo. Aquellos días estaba también preocupado por su prima. Ella trabajaba en el ejército y el 16 de septiembre, durante el desfile militar, había estado haciendo el saludo marcial (pies firmes, mano en la sien) durante varias horas; eso le había causado un problema muscular. También era acosada por uno de sus superiores. Fernando estaba preocupado.
Terminada la sesión, abrumados por haber estado cerca de tres horas, Carlos y yo salimos pronto del lugar. Caminando hacia la estación de metro, pensé que aquello de ser un miembro de un grupo anónimo (alcohólico, comedor, neurótico, adicto al sexo, a un hombre...) con el tiempo te convertía en adicto a un club social. Y bien visto, todos tenemos problemas sin solución, todos queremos que nos escuchen y siempre habrá un extravagante que acuda a los grupos por las razones más diversas. En Juchitán el escritor argentino Martín Caparrós encontró a un hombre que durante meses había acudido a un grupo de Neuróticos Anónimos porque se decía "embrujado" por un muxe. El tiempo pasaba y las juntas no surtían efecto.
-¿Cree usted que se cure algún día? -preguntó Caparrós, como todo ser ajeno a un grupo de autoayuda que no concibe estar ligado de por vida a uno de ellos.
-No, respondió el hombre -no creo que me cure nunca. Es que tienen algo, mi amigo, tienen algo.

Una sesión de catársis en Neuróticos Anónimos

jueves, 6 de noviembre de 2014 · Posted in

Como parte de un proyecto escolar, mi amigo Carlos y yo fuimos de visitantes a un grupo de Neuróticos Anónimos en el DF. Todos los detalles a continuación son reales, algunos nombres han sido cambiados. Como deferencia a los (posibles) lectores, he dividido el relato en etapas. Ésta es la segunda:

-¿Cuánto tiempo tengo que estar acudiendo al grupo para curarme?. Formulé la pregunta al menos tres veces, y las respuestas fueron evasivas: "Nadie puede curarse nunca", "la enfermedad no descansa", "dependerá de tus necesidades".
Neuróticos Anónimos, al igual que su papá, Alcohólicos Anónimos, y en general todos los grupos de autoayuda, funcionan más o menos así: te cambian una adicción por otra. Esa es la razón por la que alcohólicos y drogadictos tienen grandes probabilidades de ser fanáticos cristianos. En vez de buscar la autonomía que te hará independiente y libre, te enrolan en una dinámica en la que sólo puedes sobrevivir si acudes varias veces por semana a las sesiones. Algunos no pueden sobrellevar un par de días de su vida alejados del grupo. Visitar esos lugares se convierte en la única válvula de escape que les queda, la única que conocen.
La sesión se volvió un fiasco justo después de que Gloria cedió el uso de la palabra. El hombre de barbas no dejó de mirarnos y decidió que "ésta y la próxima" estarían dedicadas a nosostros, y nos instó una y otra vez a pasar al frente. Si alguno, yo, por ejemplo, dedicidía participar, llevarían a Carlos a un lugar aparte, para que no pudiera oirme. Así hablaría fácimente acerca de él o acerca de amigos en común si fuera necesario. Bien pudimos haber soltado un par de historias de terror para que no se sintieran tan importantes, pero fieles a nuestra idea de alterar lo menos posible el ambiente decidimos no hacerlo.
Todos los miembros del grupo pasaron brevemente a darnos la bienvenida:
-Yo soy Flavio, y soy un neurótico más. -Yo soy Alejandro, y soy un neurótico más. -Yo soy Fernando, y me identifico como un neurótico más...
-¡Hola, Flavio! -¡Hola, Alejandro! -¡Hola, Fernando! -¡Hola a todos!
Ellos nos instaron, nuevamente, a perderle el miedo a la tribuna. A dejar de una vez todo lo que teniamos encima y volvernos parte de la cofradía, del club de los NA. Simplemente ya no seguirían ventilando sus problemas frente a unos desconocidos.
Pronto se terminó la hora y media de sesión y todos nos dimos la mano. Hablamos un poco para conocernos mejor y Carlos preguntó por una de las publicaciones. Era necesaria como información adicional para el proyecto. En eso estábamos cuando se nos acercó Alejandro para invitarnos a permanecer en el lugar. -Vamos a tener otra sesión, pero esta es de catársis -dijo un poco emocionado- ánimense a quedarse.
Carlos y yo nos miramos con la alegría de saber que ya habíamos salvado la tarde. Después de todo eran necesarios al menos tres casos clínicos y apenas teníamos el de Gloria. Para no delatar más aún el hecho de que sólo íbamos de fisgones, dije que por el tiempo tal vez tendríamos que salir a media sesión, y que de antemano nos disculpábamos pero que sí, nos gustaría participar en la sesión catártica.
El viejo de barba tenía prisa en salir, y se despidió de todos mientras aún nos estábamos preparando. Ahora la dirección la tomó un hombre canoso, moreno como de unos 60 años. Se parecía a Morgan Freeman.
El recinto para las sesiones era una sala de unos 30 metros cuadrados con unas 15 sillas y paredes pintadas de amarillo. Desconozco si hay alguna razón psicológica para usarlo, pero el amarillo es un color inquietante. Más de uno debió sufrir una crisis neurótica con sólo entrar a la sala. Colgando, al frente y a los lados, estaban, enmarcados, los Doce Pasos y algunas frases: "Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros", "Aprendiendo a vivir".
El hombre tomó un libro, leyó unos cuántos párrafos y preguntó
-¿Quién quiere participar?.
Sorprendentemente todos, excepto Gloria, levantaron la mano. He asistido a innumerables congresos en los que la gente quiere participar, pero nunca había estado en un lugar en el que todos quisieran hacerlo. Se le concedió la palabra a Flavio, un hombre cercano a los cincuenta y con una evidente cojera.
En uno de las paredes había un pintarrón pequeño en el que estaban escritas algunas de las actividades que se realizan: Atención al nuevo, café, recolección de las cuotas, limpieza de la sala. A lado de estas, los voluntarios ponían sus nombres, Gaby se anotó para el café y salió hacia la cocina, Fernando en las cuotas, Flavio en la limpieza.
Flavio era profesor en alguna universidad cercana al metro Taxqueña. También daba clases en una preparatoria y estaba totalmente desencantado de su trabajo y de su vida. Los grupos a su cargo eran los peores y las ganas de trascender, si existieron, se habían esfumado. Le valía totalmente lo que pasara con sus alumnos. El sueldo que ganaba era una miseria y aún así su jefe lo agobiaba con peticiones que iban más allá de las horas frente a grupo. Recientemente acababan de contratar a un colega más jóven y dinámico, con dinero y buena suerte en las relaciones humanas; también manejaba un carrazo. Era claro que el trabajo de Flavio era cada vez menos necesario y él se sentía un apestado. La convivencia constante con mujeres jóvenes le hacía ver su incapacidad manifiesta para poder ligar con alguna de ellas. Estaba saliendo con alguien, una señora de su edad que sólo le concedía una sesión de sexo por semana a cambio de comidas, invitaciones a salir y dinero en efectivo. Una puta le habría salido más barata. Aquel día se había encontrado con un indigente cerca del metro. -Así vas a terminar -pensó- en eso te vas a convertir, pendejo. Su lenguaje era muy parecido al que usa Polo Polo en el teatro Blanquita.
Acabo de leer, en El País Semanal, una columna que me hizo gracia, por descarada y por hacer clara referencia a una frase de Groucho Marx que siempre me ha parecido divertida: "No quiero pertenecer a un club que está dispuesto a aceptar como miembros a personas como yo". La nota va sobre por qué los hombres son infieles y está basada en un libro de Shmuley Boteach, Kosher Sex: A Recipe for Passion and Intimacy. La respuesta del libro a por qué los hombres son infieles se puede parafrasear así: "No quiero ser esposo de una mujer que acepta como marido a un hombre como yo". El mundo nos bombardea con noticias e imágenes de éxito: Steve Jobs y Mark Zuckerberg, Bill Gates y Brad Pitt, George Clooney y Cristiano Ronaldo, Derek Jeter y Vladimir Putin; ellos tienen dinero, fama y mujeres guapas. ¿Qué nos queda a los mortales? Sentirnos unos fracasos, unos rotundos fracasos. Por eso el hombre busca mujeres que le hagan sentir admirado, querido, exitoso. ¿Que por qué no puede obtenerlo con su esposa? Porque si él mismo se considera una basura, la mujer que está dispuesta a pasar la vida con él tiene, por fuerza, que ser una basura todavía más grande. Una gran pendeja.
Cuando hacía poco, con un esfuerzo, Flavio había llevado a su mujer a un buen lugar para beber y bailar, la muy cabrona le había salido con: -¡Qué bien, este lugar es maravilloso! lo conozco. Él lo interpretó como que antes otro(s) la habían llevado ahí a beber, y de ahí a la cama.
Para Flavio todos eran unos pendejos, sus alumnos, sus alumnas, su jefe, sus compañeros de trabajo, la mujer con la que salía y sí, aunque no lo dijo lo pensó, nosotros, los que perdíamos el tiempo escuchándolo, éramos también unos grandes pendejazos.

Soy Eusebio y me presento como un neurótico más

miércoles, 22 de octubre de 2014 · Posted in

Como parte de un proyecto escolar, mi amigo Carlos y yo fuimos de visitantes a un grupo de Neuróticos Anónimos en el DF. Todos los detalles a continuación son reales, algunos nombres han sido cambiados. Como deferencia a los (posibles) lectores, he dividido el relato en etapas. Ésta es la primera:

La sesión inició a las cinco en punto, justo cuando Carlos y yo bajábamos en la estación del metro Portales y, confundidos, buscábamos el lugar en calzada de Tlalpan dirección sur. Un hombre viejo nos señaló un edificio del lado oriente de la colonia Portales: ahí hay uno, tal vez sea el que buscan. Siguiendo el paso veloz, nervioso (neurótico) de Carlos, subí por un puente peatonal y giré hacia la izquierda, hasta llegar a un edificio, a unos cuántos pasos de la estación. En el primer piso se podía leer un letrero verde: Neuróticos Anónimos, Aprendiendo a Vivir.
Cuando uno no quiere ir a un lugar, y yo en el fondo no quería ir al grupo, del cielo le llueven los pretextos. Y uno que parecía insalvable era que el edificio estaba cerrado; en el interfón no había ningún letrero que indicara cuál era el de NA y después de unos segundos de ver alrededor, como esperando que alguien nos leyera el pensamiento y nos invitara a pasar, empezamos a vernos uno al otro. Estaba a punto de decir: creo que mejor buscamos otro grupo, de los que hay en la Cuauhtémoc, si es posible mejor mañana. Y largarme de ahí. Tenía ganas de jugar ajedrez en el Free Internet Chess Club o leer algo. Pero justo en ese momento apareció una pareja joven con unas bolsas del mandado. Neuróticos anónimos está subiendo las escaleras, a mano derecha, nos dijo la chica, toquen la puerta. A medida que veía el interior me sentí aliviado al pensar que ahí vivía gente "normal" y no algún loco de atar que pudiera atacarnos en cualquier momento. La claridad de la tarde pegaba hasta el fondo del patio y no se veía ni un alma.
Nos recibió una mujer morena de unos cuarenta años y cabello negrísimo. Veinte años atrás debió ser bonita, pero ahora estaba entrada en carnes y con una actitud pasiva que resultaba fastidiosa. Nos condujo por un pasillo hasta una habitación cuyas ventantas daban a Tlalpan. Soy Gaby, ¿en qué puedo ayudarlos?. Desconfiada como era, Gaby debió imaginar muchas cosas al vernos ahí. Carlos y yo parecemos hermanos: mismo color de piel, misma estatura, misma complexión y mismo corte de cabello a rape. Los dos usamos lentes de pasta y, generalmente, jeans y playera tipo polo. Hay algo de coincidencias también en el carácter. Gaby pudo haber pensado cualquier cosa, menos que íbamos de buena fe.
Era la encargada de recibir a los nuevos. Preguntó las de rigor: qué queríamos ahí, cómo habíamos llegado y cuáles eran nuestros nombres. Yo no había pensado en qué nombre ponerme, pero definitivamente no iba a dar el que aparece en mi credencial de elector, así que a bote pronto y tan natural como puedo ser, dije que me llamaba Eusebio, quizá en recuerdo de ese profesor de la preparatoria que hacía malabares con escuadras y compás para demostrar las proposiciones básicas de geometría Euclidiana y que váyase a saber por qué procesos de la memoria, se me apareció en ese momento. No me gusta mentir, no sé hacerlo, y es seguro que la mujer pudo darse cuenta de que yo no me llamaba Eusebio, pero eso obró en mi favor; tal vez pensó que mis pecados eran realmente graves y que no quería que luego me anduviéran googleando para saber más de mi, pero fue la primera vez que la vi con un poco de confianza en nosotros. Carlos me siguió y se hizo llamar Juan.
Después apareció una anciana, tal vez de 75, tal vez de más, que dijo llamarse Esperanza. Esperancita nos insistió en lo que hace y lo que no hace NA: no pide cuotas (mentira, sí pide), no está ligado a ninguna religión (pero le reza a "el poder superior", que para cada quien puede ser lo que sea, Jehová, Alá, Buda, "o esta silla en la que estás ahora") y no "sicoanaliza" a nadie. Lo que sí hace: brindar apoyo los 365 días del año a quien lo necesite, porque "esto no descansa". Gaby entonces nos invitó a pasar a la sesión que se estaba llevando a cabo en ese momento. Eso era lo que queríamos, así que fuimos los cuatro hacia la sala. Le pasó un papelito a un viejo de barbas largas y anteojos que presidía la reunión desde una mesa en la esquina. Algo decía ese trozo de papel acerca de nosotros, tal vez que éramos unos infiltrados y había que actuar con discreción. Nos sentamos juntos en la segunda fila, detrás de un par de sillas vacías, justo frente a un atril con el letrero: Aprendiendo a vivir. Hablaba una mujer como de 50 años, morena de cabello ondulado hasta los hombros. Nada más acomodarnos a mí me empezó a interesar lo que la señora decía: su vida era una mierda debido a la presencia de un mecánico que vivía en el mismo multifamiliar que ella, el hombre trabajaba todo el día en el estacionamiento ocupando dos lugares para poner sus coches. Un buen vecino le cedía su espacio a Toño (así se llamaba el mecánico) para que pudiera trabajar en vez de andar de borrachote. ¿Qué le molestaba a la señora de su vecino? No me quedó claro, pero a los cinco minutos yo empecé a sentir ternura y simpatía por el buen Toño que durante 30 años había tenido que soportar a esa vieja histérica que cada que lo veía con medio cuerpo debajo de un motor, quería pasarle el coche encima para molerle las piernas. La señora simplemente no soportaba ver las marcas de aceite en el piso, o algo así de vano. Yo pensaba en todo lo que le diría a la señora una vez iniciada la sesión de preguntas y respuestas, de interacción de nosotros con ella. Pronto el viejo barbón puso sobre la mesa un letreto que decía: "15 minutos", de tal forma que lo viera la señora en el atril. De inmediato ella agradeció el uso de la palabra y se bajó. El hombre de barbas se limitó a decir: "gracias, Gloria, por compartirnos tus problemas, esperamos que te vayas bien hoy" y procedió a leer una parte del libro de los doce pasos, el mismo que usan en AA. ¿Pero es que de verdad no le iban a decir nada? Yo no podía creer que no hubiera retroalimentación. Estudio en una escuela de ciencias, y estoy acostumbrado a que a los cinco minutos de haber empezado un seminario, alguien ya te está diciendo que no entiende nada de lo que expones, y que no está de acuerdo contigo. Yo quería participar pero parecía que era solo yo. En realidad después me di cuenta de que a nadie le importa lo que los demás dicen, o sienten, sólo les importa el atril, la tarima desde la cual pueden decir todo lo que piensan sin temor a ser juzgados. Esa es la esencia de NA, por eso nadie le dijo nada a Gloria. Ellos no están ahí por consejos, ni por soluciones para sus problemas, ellos van por esa tarima desde la cual pueden hablar. Como buen bloguero al que no le importa que lo lean, sino escribir, a ellos no les importan los demás. En realidad esas historias ellos las oyen siempre. Gloria llevaba dos años llegando al grupo, algunos llevaban ocho. Era claro que escuchaban la misma historia una y otra vez y cada vez les importaba menos. En Neuróticos Anónimos nadie te pela, a todos les vales madres.

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