Ingreso básico

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Ingreso básico
Una mañana de junio de 2..., la señorita V entró a su laboratorio con una taza de café en la mano y un periódico en la otra. Había una foto del capitolio en primera plana y, en la esquina, un solecito se asomaba detrás de unas nubes: aquél iba a ser un día soleado. La señorita V no era propiamente una astrofísica, su tarea en el laboratorio consistía en vigilar los parámetros que se medían en algunas regiones estelares señaladas de antemano por el comité de científicos del observatorio. Ella desconocía los detalles pero tenía un ojo entrenado y muchos programas de computadora que la hacían saltar a veces ante las variaciones anormales en sus monitores. Dejó el periódico sobre la mesa y apuró un trago de café cuando un par de parámetros llamaron su atención. En unos comparativas entre datos correspondientes a mayo y las actuales de junio, en una estrella en particular, correspondientes a la región KOI-4878, algo parecía estar yendo muy aprisa. Hasta mayo, y desde hacía meses, la estrella tenía el comportamiento típico de un sistema binario: giraba a tirones alrededor de un punto ligeramente fuera de su centro de masa, señal de que había un planeta interno muy cerca. En las mediciones actuales, la estrella giraba libremente alrededor de su centro de masa, como si la estrella hubiera desaparecido. El otro asunto extraño con la estrella tenía que ver con su brillo; este había permanecido fijo, como se mantiene por millones de años en una estrella, y de pronto ahora se había reducido entre un 30 y un 35%. La señorita V no lo supo en aquel momento, pero había detectado la primera construcción, en cuestión de un mes terrestre, de un anillo de Dyson, tan común, como se ha visto, en las civilizaciones tipo II en la escala de Kardashov a las que no les basta la luz que obtienen de su estrella y ya han aumentado su ingreso básico.

Conviene tener un sitio a dónde ir
La nave parecía una cascarita de nuez perdida en medio del mar. Si sus tripulantes hubieran estado despiertos, habrían sentido un terror celestial al contemplar la noche prolongada en la que se encontraban. A ambos lados de la nave brillaban las luces chorreadas, distantes de las galaxias más cercanas. Hacía varios años que los viajantes languidecían en sus cápsulas, los mismos que tenía la nave sin establecer comunicación. La nave había sido programada para enviar mensajes constantemente y despertar a la tripulación en el momento de recibir una respuesta, pero con la estrella más cercana a 50 años luz, los hombres bien podrían estar muertos y nada cambiaría. La computadora maestra era incapaz de ser pesimista y en el pasado, después de sopesar algunos parámetros, consideró que su mejor alternativa era dirigirse a una estrella joven próxima para orbitarla algunas veces e impulsarse en la dirección correcta. El plan era adecuado, si no fuera porque los humanos a bordo no estaría vivos cuando se realizara. Al menos se podrían recatar sus cuerpos. Los mensajes SOS eran enviados cada vez más espaciados en el tiempo para evitar una pérdida casi injustificada de energía. La computadora también se hubiera puesto a dormir si aquello le estuviera permitido, pero su autonomía le estaba reservada para momentos de catástrofe evidente con la única condición de poner siempre, y hasta el último momento, la vida y la seguridad de los humanos a bordo como una prioridad. Si esa estrella no estuviera "ahí", entonces sí que podría tomar por completo el control. La máquina desapareció los parámetros que indicaban la presencia de la estrella sólo para permitirse saber qué haría en tal caso. Después de unos segundos, de regreso a la realidad, sintió alivio al tener un sitio a donde ir.

El amor es eterno, viaja, se transforma, pero siempre vuelve
Quieres llegar a la próxima isla. Cualquier cosa menos permanecer aquí, es peligroso. Muchos ya han cruzado y te saludan, amables, desde la otra orilla; todo está bien allá, te invitan a seguirlos. Tú quieres hacerlo pero, ¿cómo? Necesitas un barco. Hay algunos. Muchos ya han partido. Hace apenas un suspiro te ofrecieron subir a uno pero lo rechazaste. No se trata sólo de llegar. Algunos te dejan en lugares bastante más propicios para tomar el siguiente. Quieres pasar pero hacerlo bien. Buscas con atención. Desde luego hay buenos botes, siempre los hay, el problema es que tú no estás en condición de abordar uno, son muy caros o ya están reservados. Podrías intentar un viaje de polizón pero es muy riesgoso y no es lo que buscas. No, tú quieres viajar sobre cubierta, disfrutar el viaje. Encuentras uno que te interesa, parece muy bueno, con bastante combustible, buen diseño y especial para surcar esas aguas desconocidas a las que te vas a enfrentar. Intentas negociar pero obtienes una negativa; insistes, ofreces un buen pago por el transporte, prometes más, incluso cosas que no tienes. Piensas que estando en el trayecto ya no habrá ningún problema con que se descubra que eres un mentiroso. Pero no, parece que hay otras personas interesadas en abordar y en realidad estás metido, sin querer, en una subasta. Te retiras, aquello no va contigo. Piensas en tus amigos y familiares, todos ya del otro lado. Te apuran para que decidas. "Aborda ese, tan grande, tan desocupado, es un milagro que aún no esté navegando." No, tú crees que puedes acceder a algo mejor. Descansas, te das una pausa en la búsqueda. Algunos de tus compañeros ya están incluso dos islas más adelante. ¡Dos islas! Tratas de consolarte diciendo que han elegido mal, pero la desesperación te gana y eliges un barco, el más cercano, uno que, no sabes por qué, no habías visto. Es tan bueno. Confiado inicias el viaje, sin saberlo, en la peor de las opciones.

La importancia de llamarse Ernesto

La obra de teatro más famosa de Oscar Wilde empieza a tener sentido cuando uno se entera de su título en inglés: The importance of being earnest, que puede traducirse más o menos como La importancia de ser formal, pero teniendo siempre en cuenta el juego de palabras entre el adjetivo earnest y el nombre propio Ernest. Es difícil encontrar una traducción española que refleje esa ambigüedad; tal vez si en lugar de Ernesto se usara el nombre Pánfilo, que funciona también como adjetivo con el significado de ingenuo, aunque eso sería escribir una obra distinta.
A lo largo de la trama un par de personajes muy parecidos juega con la idea de llamarse Ernesto porque las mujeres a las que aman están convencidas de que alguien con ese nombre necesariamente tiene que tener atributos nobles.
La postura de las enamoradas queda descrita en el siguiente pasaje:
WORTHING -...Juan es un nombre precioso.
GÜENDOLIN - ¿Juan? No, no existe nada de musicalidad en el nombre de Juan, absolutamente nada. No emociona, no produce ninguna vibración... he conocido varios Juanes y todos ellos, sin excepción, eran vulgares. Siento lástima por toda mujer que se casa con un Juan. Tendrá que arrastrar con él una vida incolora. Probablemente nunca le será permitido el profundo placer de un momento de soledad. El único nombre que da confianza es Ernesto.
Aunque de entrada uno puede pensar que un nombre no marca diferencia en el objeto que designa, y sin más se me ocurren un par de ejemplos literarios: "¿Qué importa la palabra que me nombra si es indiviso y uno el anatema?" (Borges) y "¿Qué hay en un nombre? Eso que llamamos rosa tendría el mismo aroma si la llamáramos de cualquier otra forma" (Shakespeare), el asunto es más complicado y tan viejo como el Critón de Platón.
Hay experimentos descritos por sicólogos como Vilayanur Ramachandran que sugieren que los nombres con consonantes labiales van más con objetos redondos que con objetos puntiagudos, que los chiles son más picantes en un plato cuadrado y que tal vez el olor de la rosa sí depende de la palabra que la nombra.
Curiosamente los casos de Borges y Shakespeare vienen a cuento más allá de las frases citadas. A finales del siglo pasado, una revista francesa publicó la noticia de que Jorge Luis Borges no existía y en realidad la obra publicada en su nombre era colectiva, en tanto que el señor que daba las entrevistas era un actor italiano que se había quedado atrapado en el personaje. Por otro lado es sabido que desde el siglo XVIII se duda de la existencia de William Shakespeare y se dice de él lo mismo que dijeron los franceses de Borges, que la obra es colectiva, o que hay otro personaje detrás de él. Si alguien condenado al anonimato, pensemos en Christopher Marlowe oculto después de haber fingido su muerte, hubiera en efecto escrito la obra Shakespeareana, el pasaje citado arriba, tomado de Romeo y Julieta, tendría un sentido revelador.
Más allá de la cuestión de los nombres, que es su tema fundamental, La importancia de llamarse Ernesto está llena de referencias sarcásticas:
WORTHING - Su madre es insoportable, nunca conocí nada más semejante a una gorgona..., la verdad no sé muy bien cómo son las gorgonas; pero no me cabe duda de que Lady Bracknell es una de ellas. De todos modos, es una especie de monstruo, sin ser un mito; lo que además me parece fatal... Perdóname, Archi, creo que no debería expresarme así de tu tía delante de ti.
ARCHIBALDO -Querido, me encanta oír insultar a mis parientes. Es lo único que puede hacer que me ponga de su parte.
Y que lance la primera piedra aquel que no detesta a sus parientes hasta que alguien empieza a hablar mal de ellos.
La pieza tiene un sabor burgués, sus personajes no trabajan, no sufren por dinero y todo el tiempo son incisivos y mordaces con sus comentarios; se trata de una sátira sobre cierta clase social de la Inglaterra de finales del siglo XIX, justo la época en la que el imperio tocaba techo y empezaba a dejarle el sitio a Alemania como el país más industrializado del mundo. Un libro que condena a esa aristocracia rancia que llevaba en sí plantada ya la semilla de la decadencia.

Los sonetos a Orfeo, Rainer Maria Rilke


Antes de hablar del libro, he pensado un poco que tal vez conviene definir qué es lo que yo entiendo por poesía, para jugar un poco en contexto. Hay una anécdota del encuentro entre los físicos Robert Oppenheimer y Paul Dirac en Inglaterra cuando eran todavía jóvenes y desconocidos. Oppenheimer era un tipo brillante que se había tomado el tiempo de aprender un sinfín de cosas, más prácticas unas que otras, entre las que se encontraban la poesía y las lenguas. Así que no era raro que anduviera por ahí recitando poemas en sánscrito y en otras lenguas inauditas. Dirac, por su parte, era un tipo menos vistoso aunque no menos genial, un hombre un poco más práctico; y se cuenta que le comentó a Oppenheimer: "Me sorprende que seas físico y escribas poesía, son dos campos completamente opuestos, los físicos tratan de decir cosas complicadas de una manera simple, mientras que los poetas siempre dicen las cosas simples de la manera más complicada posible".
Entiendo que la caricatura que hace Dirac de la poesía es injusta, pero no deja de tener un fondo; al menos hay mucha gente que así piensa (sin ir más lejos, la persona que me prestó el libro, me lo dio diciendo <<toma, licenciado, a ver si puedes con él, yo no lo entiendo>>). Hay un par de elementos base en la poesía, según mi parecer, y justo en medio de ella, casi como consecuencia natural surge un tercero, ese al que se referían Dirac y mi amigo.
De nuevo, antes de decir algo acerca del libro, debo decir que es uno traducido, porque no soy capaz de leer en alemán, la lengua en la que fue escrito. Eso me lleva a la primera de esas dos cuestiones base de las que hablaba hace un momento. Creo que la poesía es (aunque no necesariamente) métrica. Al igual que en la música, la medida es una forma esencial en la poesía, al grado tal de que muchas formas se definen sin más por la medida (cuarteto, quinteto, soneto...) Esa virtud nemotécnica del verso, de la que hablaba Borges, viene justamente de que la cadencia y los acentos son características que se fijan en la memoria antes que cualquier mensaje.
El segundo elemento que considero importante, base, de la poesía, es justamente el mensaje, o lo que el poeta transmite. La poesía vive dentro del lenguaje cotidiano y como tal se sirve de las frases y construcciones que usamos en la comunicación llana. Pero la poesía no busca transmitir la información, por bella que sea, que existe ya en el mundo real, busca más bien encontrar usos nuevos para objetos y situaciones cotidianas. Pensemos en este par de versos "...la luna es la boca silenciosa de la noche dormida, la caricia intentada por los muertos..." ¿Había alguien pensado antes que José Carlos Becerra (el poeta que escribió esas líneas) en la luna como la boca de la noche dormida? Yo no, por cierto. La imagen es original y hay ternura y belleza en ella. Acaso al pensarla así ya no queremos romper el silencio para no despertar a la noche; quizá a un par de estrellas cercanas a la luna las veremos como un hilito de saliva que corre desde la boca de nuestra perezosa dormida; sin esfuerzo sigue a esto el imaginar el día como un abrir de ojos que llena de luz todo el ambiente, etcétera. Y ¿qué decir del segundo verso? ¿cómo es una caricia intentada por los muertos? Es casi un lugar común asociar el viento suave que surge de la nada en un momento en el que recordamos a alguien fallecido como una manifestación del espíritu de este que nos saluda jugueteando con nuestros cabellos. Pero, ¿la luna y su luz pálida? Esa caricia es bastante más sutil y desapercibida. Ni siquiera es, nos previene el autor, una caricia lograda sino más bien intentada. La poesía abunda en estas creaciones que no son digeribles de entrada, como esos tragos a los que no estamos acostumbrados, debemos paladearlas, escupirlas en una primera instancia, repensarlas y saborearlas.
Cuando uno, ¡Dios me libre!, tiene que traducir un verso, a cuál de los dos elementos tiene que atender, ¿a la musicalidad representada por la métrica o al mensaje literal?
Los sonetos a Orfeo, de Rainer María Rilke fueron publicados en 1923, el mismo año de publicación de las Elegías de Duino, consideradas por los críticos como su trabajo mayor. Son cantos a la tierra, cantos de muerte y de despedida. algunos de desesperación.
Puedo entender algunas palabras en alemán, pero no lo suficiente como para poder apreciar a Rilke. Sólo algunas estrofas cortas:

Knaben, o werft den Mut
nicht in die Schnelligkeit,
nicht in den Flugversuch

Alles ist ausgeruht:
Dunkel und Helligkeit,
Blume und Buch.
Se trata de la parte final del soneto XXII, Libro primero, y la traducción, de Jesús Munárriz, aunque podría ser la de cualquier otro, es esta:
Muchachos, no malgastéis
arrojo en velocidad
ni en intentos de volar.

Todo descansa: lo oscuro
igual que lo luminoso,
la flor, lo mismo que el libro.
Se ha traducido aquí el mensaje, pero no la música, porque quizá es imposible. La poesía tiene la desventaja, digamos comparada con la música, de que casi siempre la leemos y casi nunca la escuchamos. La música, en cambio, es totalmente auditiva, y no es extraño que nos guste una canción cuyo mensaje no entendemos pero cuyas notas apreciamos muy bien.
Por otra parte, hay versos con tanta fuerza por sí mismos que aunque no estén en el original, hacen detener por un momento la lectura:

Deja atrás las despedidas adelantándote a ellas,
actúa como el invierno, que se retira puntual.
o:
No alcéis ninguna lápida. Dejad únicamente
que florezca la rosa cada año en su honor.
Alguna vez escuché de la existencia de un diccionario al revés: un diccionario cuyas entradas estaban escritas en sentido inverso y cuya principal utilidad era, vergonzosamente, servir a malos poetas que necesitaban terminar un verso con cualquier palabra que cumpliera la rima. La medida impone y no todos saben salir bien librados de esa restricción. Pasa en poesía con la medida y el mensaje lo que pasa en la física con la materia y el espacio: se gobiernan y se deforman una a la otra. Lo que surge como combinación de ese par de elementos puede ser muy complicado, aunque al igual que ningún físico trata nunca de describir el mundo de la manera más difícil e ininteligible posible sólo por hacerse el interesante, ningún poeta que se respete tiene como intención última el escribir de manera incomprensible o poner al final del verso cualquier cosa que rime, aunque sea de manera incoherente con el resto de la obra.
Me ha gustado mucho el libro de Rilke, y he tenido ganas de leerlo y releerlo con calma, esperando comprender ese tercer elemento que surge del mensaje y la forma, esos pasajes que son a veces incomprensibles pero bellos.

Tres miniaturas lunares

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Uno
Entra con seguridad y busca con la mirada, ya hay pocos lugares libres , los suficientes para que haga una evaluación y decida por uno que está a mi lado. Yo la miro con todas la reservas de asombro que tenía guardadas para cuando descubriera a los reyes magos. Su uniforme es de un rojo opaco, casi café, sobre el que hay algunas rayas azules. -Buenos días -dice mientras gira a su izquierda- Soy María y tengo clases en este salón. Yo me quedo callado por unos segundos mientras ella sonríe. Me he acostumbrado a hablar poco y estoy embobado; quiero voltear a ver si saluda a alguien detrás de mí pero pienso que eso sería bastante tonto. -Buenos días, soy C y también tengo clases en este salón -digo haciendo de tripas corazón. -¡Hola, C! ¿De qué kinder vienes? Ella tiene los ojos verdes de mi mamá y una naricita respingada que hace que no pueda quitarle los ojos de encima, a pesar de que estoy muy nervioso. Su pregunta me hace sentir especial en un día en el que desde la mañana he tenido ganas de llorar. Tal vez estoy callado mucho tiempo porque ella dice: - Yo vengo del Frida Kahlo y siempre uso calcetas combinadas, mira, estas son roja y azul, como la bandera de Francia. Yo no conocía la bandera de Francia y durante mucho tiempo confundí la posición del rojo y el azul; estoy sorprendido pero esta vez me apresuro a responder. -Yo vengo del jardín de niños Primavera y no conozco Francia, cuando sea grande quiero ir. - Cuando vayas tienes que ponerte una calceta azul y una roja -me dice sonriendo- así lo acostumbran los franceses, sobre todo cuando hacen el homenaje a la bandera; los niños y las niñas llevan zapatos blancos y calcetas azul y rojo; cuando vayas te darás cuenta y te acordarás de mí. María fue mi primera novia y una mujer extraordinaria que cambió mi vida. Años después de aquel primer día de clases, y cuando ella ya estaba con alguien más, me subí a un avión directo a París llevando un calcetín azul y otro rojo, también llevaba zapatos blancos.

Dos
Estaba por salir de la preparatoria cuando recibí la noticia de que mi maestro de física pensaba reprobarme. Era un señor gordo de unos 50 años que se equilibraba sobre unos tenis con suela curva porque le habían vendido, cara, la idea de que usándolos iba a bajar de peso. Subió. Yo sentía que el problema del tipo conmigo venía de mi manía de cuestionarlo y dejarlo en ridículo frente al grupo cada vez que podía, y podía muchas veces. Era un ingeniero civil que de vez en cuando la hacía de topógrafo y además acosaba a sus alumnas, incluida Marisol, mi novia. Y tan desobligado que alguna vez -no había dado clases en todo el parcial porque llegaba, sacaba unas copias y se ponía a leer- nos pasó al frente por orden de lista y nos pidió que anotáramos la calificación que creíamos merecer. Yo me puse un ocho, fui el único, los demás se pusieron diez. En fin, no era el peor maestro que había tenido pero por aquellos días tenía muchas ganas de desaparecerlo de la tierra. Alternadamente siento deseos de desaparecer de la tierra a alguien y esa vez era él. No lo maté pero hice algo mejor. La idea se me ocurrió un sábado, yo había ido al club de ajedrez y lo vi tomando de una botella de litro y medio de agua, casi seguro estaba crudo, y supuse que dentro de  poco iría al baño de profesores. Yo sabía que en ese baño, por obra y gracia de los albañiles y demás idiotas que mal construyeron el edificio, había algunos cables eléctricos saliendo muy cerca de uno de los urinarios. También sabía que no tenían corriente pero que bastaba con subir el switch adecuado en el tablero de control junto a la dirección. Entré y conecté los cables con los alambres de la pastilla deodorizante que se hundía en orines cuando no lavaban el baño en días. Estaba limpio pero bajé la palanca hasta que el agua llegó a los cables. Salí tranquilo sin que nadie me viera y esperé unos 15 minutos antes de ver al regordete majadero meterse en el baño y después de diez segundos de gracia, le carbonicé el pene subiendo el switch que estaba en el tablero junto a la dirección.


Tres
Muchos meses más tarde me acordaría de la frase con la que me topé aquel día en la biblioteca. Se cuenta, se escribe y se lee desde hace siglos que el sultán Mehmed II exclamó al contemplar un bosque de turcos empalados por el príncipe Vlad Dracul: "¿Qué hacer contra un hombre así?". Yo recién acababa de conocer a M en aquella misma biblioteca algunos días antes y salíamos juntos a comer. Ella estudiaba letras hispánicas en la modalidad abierta y yo había dado por perdido mi semestre en la ESIQIE. Llegábamos por la mañana, leíamos, escribíamos y platicábamos en voz baja. Yo estaba leyendo algo sobre Rumania y la supervivencia de su lengua a pesar del embate de los pueblos eslavos y ella repasaba a los escolásticos. Quizá con el velo de misterio que nos cubre al principio, ella escuchaba con interés mis monólogos cortos sobre la imposibilidad de Dios y mis alternativas Darwinistas-Dawkinistas a las explicaciones divino-escolásticas a la moral y los tabúes. Desde el principio dejó claro que no soportaba a las personas que malgastaban su vida y su tiempo en cosas inútiles y yo la apoyaba mientras me preguntaba si el futbol y el ajedrez caían dentro de la categoría de lo inútil; también apreciaba mucho a la gente disciplinada que regía su vida por la agenda y el reloj. Me insistió en la importancia de especificar las metas en la vida, sobre todo las metas acompañadas por planes concretos para lograrlas. Yo me defendía lo mejor que podía haciendo malabares para presentar como una meta con un plan estructurado y análisis FODA mi idea de ser ingeniero químico, aunque en realidad ya no me atraía tanto. Así que no fue sorpresivo para mí, aunque no por eso menos doloroso, el día en el que me dijo que ya no quería convivir conmigo con unas palabras que me recordaron a las de Mehmed II: "mira, C, la verdad no sé qué hacer con un hombre como tú."

Cortázar, el juguetón

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No hay alguien llamado Julio Cortázar, no me consta. Abro mi diccionario y leo: "De padres argentinos, nació en Bruselas..." Me consta que hay una ciudad llamada Bruselas porque he estado ahí, pero nunca he estrechado la mano del señor Cortázar. Hojeo una revista literaria y veo, de pie frente a un muelle, a un hombre alto de cabello negrísimo y barba cerrada mirando el agua con una mirada que la traspasa. "Un adulto con un espíritu juguetón y curioso, un cronopio que legó al mundo cuentos, novelas, ensayos..." Acepto que el hombre de la fotografía existe y que alguna vez posó para un fotógrafo, pero de ahí a los diccionarios y a los premios literarios hay un gran trecho. Abro una página de videos en internet y escucho un audio: "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj"; el actor es un hombre de voz agradable y acento indistinguible que arrastra las erres como esos franceses que aprendieron el español  y lo hablan más con la garganta que con la boca. El audio es estupendo. También reviso unas fotografías del escritor Gabriel García Márquez; lo veo con su esposa, con sus amigos, dando un discurso ante muchas personas. Me detengo ante una en donde aparece tirado en una cama junto a un hombre de piernas largas y una máscara: "Gabriel García Márquez junto a Julio Cortázar disfrazado de hombre lobo", reza el pie de figura. Qué bien, parece que alternadamente muchos hombres se las arreglan para hacerse pasar por Julio Cortàzar en distintos lugares y en distintas épocas, y otros muchos les siguen el juego. Voy por la calle y le pregunto a un peatón que si conoce a  un tal Julio Cortázar. El hombre me ve con asombro y pasa de lado sin contestarme, apresura el paso y cruza la calle, es un hombre alto. A pocos pasos encuentro a una muchacha,  amable le sonrío, disculpe, señorita - la abordo- ¿De casualidad conoce usted a Julio Cortázar? -Sí -responde- claro, allí va, es aquel hombre alto.

El Imperio, Ryszard Kapuscinski

No intentó Riszard Kapuscinski comerse de un bocado a la Unión Soviética en este libro, para eso haría falta un personaje salido tal vez de la imaginación de Borges, o Kafka. En cambio hizo lo que cualquier ser humano humilde habría hecho en su lugar, ir tomando probaditas de varias partes y presentarlas así, sin ningún intento de coherencia. Nadie ha podido conocer nunca a Rusia.
Mis primeros encuentros con El Imperio se los debo a Gabriel García Márquez y a Stefan Zweig, ambos viajaron a territorio soviético durante su juventud y ambos quedaron sorprendidos por esa disposición de los hombres rusos a aceptar el sufrimiento como una parte inevitable de la vida. Los europeos occidentales que caían en un gulag, cuenta Kapuscinski, protestaban y daban explicaciones, se resistían a la injusticia; los soviéticos, en cambio, iban como los corderos van al matadero, con la idea de que la vida era así, y cualquier intento de cambiar las cosas solamente iba a empeorarlas. García Márquez dice que a su llegada a Rusia le llamó la atención un juego de mesa que al parecer estaba de moda del otro lado del muro de Berlín. En todos los comercios la gente estaba siempre moviendo bolitas en un bastidor de un lado para otro. Cuando el reportero García Márquez supo qué era aquello no lo podía creer: eran ábacos. Tal vez más que al resto de Europa, Rusia se parece a Asia o a América Latina.
El primer encuentro de Kapuscinski con El Imperio fue mucho menos literario que el mío. Él era de Pinsk, una ciudad polaca que fue invadida en 1939 por Rusia y que ahora es territorio de Bielorusia. El pequeño Riszard sólo recordaba que a partir de la llegada de los rusos algunos pupitres de su escuela empezaron a quedarse vacíos. Uno por aquí y uno más por allá; el maestro también desapareció. También fue testigo de cómo muchas familias fueron subidas en trenes apretujados y nunca volvió a saber de ellos. Y a pesar de eso, el viajero Kapuscinski sentía mucha simpatía por el pueblo ruso, que además de verdugo, siempre ha sabido ser víctima.
Al leer el libro, uno tiene la impresión de que la Unión Soviética era una catástrofe inmensa, que lo mismo fue capaz de producir entre treinta y cien millones de muertos que la ciudad más contaminada del mundo, o hacer desaparecer al mar Aral del mapa, todo con cargo al erario. Y esa catástrofe era causada por una estructura piramidal muy rígida. Malcom Gladwell es un escritor inglés que publicó hace algún tiempo un libro llamado Outliers. Al final de Outliers hay un capítulo en el que Gladwell analiza un fenómeno raro que pasaba en una aerolínea coreana: sus aviones se caían con bastante más frecuencia de la que se podía esperar en una aerolínea seria. Descartadas las razones técnicas, la sospecha recayó en los humanos, en concreto los pilotos y copilotos. En el idioma coreano hay seis niveles de familiaridad a la hora de hablar con alguien: las fórmulas distinguen entre hablar con Dios hasta hablar con un hijo, algo parecido a las formas "usted" y "tú" en el español. Pues resultó que, empezando por ahí, los copilotos coreanos estaban a una distancia enorme de los pilotos. La función de un copiloto es apoyar al piloto en la toma de decisiones, pero en caso de emergencia o ineptitud, debe ser capaz de arrebatar el control de la nave. Esa distancia en el lenguaje se traducía en una lejanía y falta de acceso a la toma de decisiones vitales, algo así como una validación de la hipótesis Sapir-Whorf a nivel doméstico. La Unión Soviética era como una nave gigante en picada en la que las decisiones las tomaba al final una única persona, casi siempre mal informada y muy sola. En cierta ocasión, narra Kapuscinski, Jrushchov encargó un trabajo de investigación periodistica en alguna de las repúblicas de el imperio. Después de afinar detalles, el periodista preguntó -¿cuántos volúmenes de mi trabajo debo imprimir? - Uno sólo -respondió Jruschov- y me lo manda a mí.

Rafael Bernal, El complot mongol

Pocos años después de haber creado a Sherlock Holmes, harto ya del personaje, Conan Doyle lo hizo desaparecer en las cataratas de Reichenbach (en los alpes suizos) junto a su mayor enemigo, el profesor Moriarty. Conan Doyle quería hacer literatura más "seria". Pues bien, esa muerte es la mayor crítica que se le puede hacer a Sherlock Holmes. La literatura en la que vive es una de aventuras. El personaje es muy distante. El lector sólo puede mirarlo como se mira a Dios, con esa consciencia de ser siempre inferior a él. Se le admira por diferente. El complot mongol es una novela del escritor mexicano Rafael Bernal que tiene una trama ni de lejos tan bien pensanda y científica como las que protagoniza Holmes, pero tiene a unos personajes que arrastran conflictos humanos muy profundos.
La idea es bastante retorcida, en China ha surgido un plan para matar al presidente de los Estados Unidos aprovechando su inminente visita a México. El rumor ha sido captado en Mongolia por agentes soviéticos. Para iniciar una rapidísima investigación no oficial, se ha elegido a Filiberto Garcia, un matón a sueldo que otrora (durante la Revolución) fue muy efectivo y en la actualidad ha devenido en detective privado. El hombre es muy bueno para investigar misterios, pero es letal, a su paso siempre ha dejado una estela de cadáveres que lo delata.
El complot mongol es una novela de detectives sólo de manera colateral. Está cargada con los clichés del género pero uno no deja de sentir que el protagonista es un hombre común. A diferencia de lo que pasa con Auguste Dupin, Sherlock Holmes o Hercules Poirot, Filiberto García no tiene poderes deductivos rayando en lo sobrehumano y un IQ elevado que lo conviertan en el mayor cerebro del continente. No, García sólo es un asesino a sueldo que nunca siente remordimientos por sus víctimas. También es un hombre desencantado con el país en el que le toca vivir. En los años 60 la Revolución Mexicana ya estaba muerta desde hacía mucho tiempo, y apestaba. Algunos de sus hombres más corruptos estaban viviendo todavía de los crímenes que durante ella habían cometido. Filiberto los conoce, los ve en los periódicos y sabe que de la guerra ellos cargaron con el dinero y el prestigio mientras él cargó con las almas de los difuntos.
El punto alrededor del cual gravita la novela no es el atentado, sino la historia paralela entre Filiberto García y Martita, una joven que trabaja en el barrio chino. Martita, una china-mexicana de buen cuerpo y cara bonita, hace sentir querido al viejo sobreviviente quizá por primera vez en su vida. La novela es el relato fugaz de un incipiente amor entre ellos. Y si bien el lector sabe desde el principio que aquello no puede tener buen fin, existe siempre latente, como una luz al final del túnel, la perspectiva de que Filiberto pueda salir del ambiente semi clandestino en el que ha vivido para probar un poco de la alegría de sus jefes.
Los fotógrafos dicen que ellos se encargan de abrir ventanas en el tiempo. Una buena fotografía hace que el espectador piense no tanto en lo que ve sino en lo que no ve. En la novela de Rafael Bernal pasa lo mismo, cuando uno la termina, se queda con ese desconcierto de imaginar qué sigue; ese mismo miedo que se siente al pensar que la propia muerte implica dejar de tener noticias de personas y cosas a las que uno quisiera seguirles la pista. Con su novela, Bernal abrió una ventana por la cual nos podemos asomar al México de los 60, pero también abrió una que sirve para vernos un poco a nosotros mismos y averiguar cómo somos y hemos sido siempre. Y si nos asomamos, tal vez podamos decir, con la muletilla de García: Pinche México, pinche soledad.

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