Archive for abril 2011

En Esta Esquina, Por Knock-Out; En La Otra, Por Puntos

sábado, 30 de abril de 2011 · Posted in ,

Cortázar, noqueador.
Tengo para mí que existen dos tipos extremos entre los cuentistas, por un lado aquellos para los cuáles la materia que se ha de contar es lo principal y siempre buscan un final sorpresivo-fulminante que deje en shock al lector. De inmediato viene a la mente Cortázar, del cual sólo recuerdo finales desconcertantes con alto grado de fantasía, y Asimov, un maestro de las miniaturas en ciencia ficción; dos tipos geniales contra los que en particular no tengo nada. En la otra esquina se encuentran aquellos para los que la historia viene a ser más o menos prescindible y lo que importa no es lo que se dice sino cómo se dice. Se me ocurre que en este extremo están Eza de Queiroz y Maupassant, dos gigantes europeos de la literatura. En medio de estos dos bandos hay un espectro continuo al que cada quién se ajusta siguiendo sus particulares intereses.
En el combate que se establece entre el lector y la ficción, ya lo dijo Cortázar, la novela gana por puntos, y el cuento por knock out. Tenía mucha razón el eficaz noqueador argentino, si de algo se trata su concepción del cuento es de servir como una pequeña ventana que se asoma a un mundo extraordinario y ajeno al lector; en ese sentido los buenos cuentistas dejan reservado casi siempre lo mejor para el final. Como los magos, se empeñan en entretener al público con rodeos, con finezas y atenciones, usan distractores, insinúan salidas falsas y rematan con un tremendo tour de force que deja a todos en shock. Desconozco cuál es la forma de preparar un cuento así, pero imagino que lo primero que viene a la mente es un final a partir del cuál se va construyendo todo lo demás, que resultará finalmente accesorio. Para los de este grupo, si es posible, sólo la última frase, cuando no la última palabra, deberá develar todo el misterio, quitar la cortina o abrir la ventana. Hay obras maestras escritas así y creo que es la esquina en la que se congrega la gran mayoría de cuentistas. Pero cuando uno lee José Mathias, de Eza de Queiroz, o Por Un Bistec, de Jack London, por lo menos tiene que replantearse éste canon. Estos autores son capaces de tomar un suceso ordinario en la vida de personas comunes y volverlo una obra inmortal. Cómo le hacen y qué es lo primero que piensan es algo que no puedo conjeturar; aquí el final también reserva algo, pero nunca tan extraordinario ni sorprendente como lo que logran los fantásticos de la otra esquina, acá importa la forma en que se dicen las cosas. No es de sorprender que estos escritores también sean grandes novelistas. Pues, siguiendo con la analogía pugilística de Cortázar, éstas ficciones ganan por puntos, sólo que, cosa sorprendente, ganan esos puntos muy rápido, tan rápido que al final uno podría prescindir, si cabe el verbo, de la última frase o, incluso, del último párrafo, y sentir que el autor no nos debe nada, que, aunque no sabríamos decir cuándo, ya ha ganado hace mucho. Extendiéndome más allá de los limites del género y haciendo un poco de marrullería, me parece que es ilustrativo traer más novelistas en auxilio para dejar más claro lo que hace nuestro segundo extremo de cuentistas. Kawabata y Marcel Proust pertenecen a una elite de escritores en los que la historia es, y perdón por el exceso, totalmente prescindible. Por eso fue rechazada En Busca Del Tiempo Perdido por los editores, "no entiendo cómo un hombre necesita treinta páginas para decir que tiene que dormirse", dijo un crítico. Tenía razón, eso  no vende tanto como las novelas de detectives. Pero ¡qué páginas! El genio francés toma un acto banal que todos hemos experimentado, ir a la cama a dormir, y lo vuelve arte; y, hay que decirlo en defensa de las letras, arte sólo expresable por medio de la literatura. Pida usted al mejor cineasta del mundo que filme esas treinta páginas y no podrá hacer ni una pálida caricatura de lo que Proust logró. Proust, con perdón, no es Mario Puzo. O tome cualquier novela de Kawabata, La Casa de las Bellas Durmientes, sea por caso. Si la novela terminara después de la primera visita de Eguchi a la casa, Kawabata habría cumplido su trabajo a plenitud, no hay nada que el lector de estos hombres espere del resto de la obra, lo importante es siempre lo que se está leyendo. Pero Eguchi regresa otras cuatro veces, y podría haber regresado cien, y la obra es tan disfrutable en todas sus partes que da la impresión de que podría terminar en cualquier momento o no terminar nunca. Lo importante no es lo que cuentan, sino cómo lo cuentan. Incluso Steinbeck, para traer a alguien un poco más del centro, un hombre tan bueno para la tensión literaria, sin llegar a ser un preciosista como Proust o Kawabata, fue capaz de escribir una novela, El Omnibús Perdido, en la que no pasa nada. No hay violencia, sexo, muerte o cualquier otro de esos recursos que son tan socorridos por los best sellers. Steinbeck se limita a hacer una descripción de personas, paisajes y situaciones que dejan al lector del todo satisfecho, con esa sensación de que ya le ha cumplido con creces.
Para cocinar un buen cuento no se ha inventado todavía, afortunadamente, la receta secreta. He visto cuentos buenos escritos por autores medianos que se quedan en la primera esquina, en donde las cosas son más o menos conocidas; pero nunca he visto un cuento escrito por un principiante que pueda considerarse en la segunda. Cada quién tiene su estilo y cada quien tira de su extremo. En cuanto a los lectores, sólo nos queda calzarnos los libros y esperar a ver, con entusiasmo, de qué esquina salen los siguientes rivales. ¿Y usted, a quién le va?

Campo de Trigo con una Alondra (1887)

viernes, 29 de abril de 2011 · Posted in


Van Gogh, 1887

Ella vive en la Zona Rosa, me dijo Pablo alguna vez en una de esas borracheras en las que hablaba sin parar toda la noche, en un departamento con su novio el industrial. El industrial estudiaba Ingeniería Industrial en el poli y por ese tiempo yo aún no lo conocía. Así que del centro me moví un poco. Caminaba entonces por los bares y restaurantes entre adolescentes gays y la sensación de que mi salario era diez veces más bajo ahí que en la zona del metro Hidalgo, donde cenaba tacos de a 3 X 15.  Entre más gays veía más extrañaba la México-Tacuba, que por la zona del metro Revolución tiene algunas putas. Entraba a las tiendas de discos a mirar lo último de Metallica para ver si de pronto aparecía. Era ridículo, pero quería verla. ¿Para qué? No iba a hablarle, desde luego, y ella tampoco a mí. Ni siquiera iba a mirarla, sólo iba a salir corriendo como otras veces. Era sólo buscar por buscar, para saber que hay algo en la vida que puede hacer que el corazón lata con tanta fuerza, para saber que uno también puede sentir cosas y no es nada más un robot. Eso era lo que había soñado por aquellos días, que era un robot con cabeza azul y esqueleto de metal que no podía ni moverse. Yo la buscaba como si fuera el tesoro al final del arcoíris o el paraíso de los creyentes. Ahora, con el paso de los años, me he convencido de que no hay tal, la felicidad no está detrás del arcoíris, el arcoíris es la felicidad y cuando éste se va, aquella también se termina. Se termina como se le terminó al industrial y como se le termina a ella siempre, porque nunca está contenta. Y es que tal vez ellos no vieron nunca en a nadie en la forma en que yo la vi. Y nunca su corazón latió tanto y el mundo alrededor se apagó sólo por encontrarse a alguien. Y hoy,a pesar de todo lo que pasó y los años que se van cada vez más rápido, todavía, algunas veces, cuando el tedio se transforma en tristeza, avanzo como zombi por las calles de la Zona Rosa y la busco en las tiendas con un poco de desesperación, usando, como mi única hoja de ruta, aquella frase que una vez dijo Pablo en medio de una borrachera.

Vargas Llosa En La Solapa De Un Libro

martes, 12 de abril de 2011 · Posted in , ,

García Márquez y Vargas Llosa en
una linda fotografía.
Me ha ocurrido muchas veces que después de leer un buen libro, una novela, y celebrar que haya tanta clarividencia y creatividad en un hombre, he conocido al autor. Entonces, como pasa con la mayoría de las cosas en la vida, de pronto me doy cuenta de que  esa persona a la que he llegado a admirar y que me hace creer en todo lo que escribe y en todo lo que crea, no es más que un hombrecillo común tan limitado en la vida real como lo estoy yo, y con unas ideas tan lejanas a las mías que de pronto me pregunto acerca de la capacidad de juicio que pueda tener sobre las más elementales cuestiones de convivencia en sociedad, algo en lo que los escritores tienen mucho peso, sobre ciencia o, incluso, ¡sobre literatura! He llegado al extremo de que al ver en la solapa de un libro la foto del autor, pienso, con gran perversión y prejuicios de mi parte, que esa persona, abatida, rodeada muchas veces de libros, y tratando de sonreír a través del papel no cabe en el mundo extraordinario que ha creado y que la imagen está fuera de lugar. Creo, entonces, que los editores harían bien en dejar que el autor, que ya ha pasado a ser parte de la ficción, se quede en un nombre, en una firma, tal vez en una caricatura, para que el lector, en un ejercicio de imaginación, reproduzca a su gusto y capricho la imagen que mejor le acomode para el hombre o la mujer que le ha mostrado una realidad alterna. Supone algo semejante a lo que nos sucede a los radioescuchas que a la voz que oímos le vamos agregando una boca, unos ojos, un cuerpo, que son los únicos posibles. Y cuántas veces ha ocurrido que, cuando vemos a quien está detrás del micrófono, nos parece increíble que la realidad sea tan distinta y destruya esa imagen que hemos creado a la perfección. No obstante lo dicho, también los hay aquellos que, como Günter Grass en Mi Siglo, (versión de alfaguara, donde el anciano Günter parece, en efecto, cargar todo el siglo a cuestas) han encontrado un lugar perfecto en el libro. Los buenos autores son ya parte de la ficción y lo más cerca que debemos traerlos de este mundo real es a la solapas de los libros.
La objetividad, en todas las actividades humanas, es difícil de lograr. Hemos sido condicionados, tal vez de manera irreversible, desde la niñez, y antes aún, si es posible, de nacer para interpretar las cosas de manera distinta unos de otros. Nos cuesta desprendernos de prejuicios y evaluar las cosas con sensatez. Nuestras mentiras son adornadas, disfrazadas y aderezadas para adoptar la apariencia de una verdad absoluta con tal de engañar a los demás, cuando no a nosotros mismos. Muchas veces ni siquiera somos concientes de que buena parte de aquello en lo que creemos nos ha sido impuesto por la cultura en que nacimos. Y esta subjetividad se agudiza cuando se trata de evaluar la calidad de, digamos, las obras de ficción.  A diferencia de  lo que ocurre en las ciencias, en donde la naturaleza discrimina sin piedad entre dos teorías sin importar quién las postula, en la literatura sí nos importa, aunque no debería, quién escribió la obra.
Hay escritores que no se conforman con ser una pálida foto en la solapa. Hay escritores que, a diferencia de un Cormarc McCarthy, que no habla con sus colegas y se niega a dar entrevistas, llevan una vida pública tan intensa, polémica y visible, que compiten con sus creaciones al grado tal que llegan a opacarlas, al menos para el gran público. Sin más se me ocurren los nombres de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Los dos tienen una muy bien ganada fama de activistas políticos y los dos generan debates encendidos, amores y desamores, entre personas que ¡nunca han leído sus libros!. Se juzga la calidad literaria de uno y otro en base a ideas políticas, signo inequívoco de que han trascendido a sus creaciones (un cínico dijo que los clásicos son aquellos de los que se habla sin haberlos leído). Lo que me sorprende, y por eso menciono a García Márquez, es que a este autor, populachero, simpático, genio que se da poca importancia, defensor a ultranza de todo lo que hace y dice Fidel Castro, la gente le conoce y celebra, con mucha razón, todos y cada uno de sus libros. En cambio Vargas Llosa, serio, adusto, ex-candidato presidencial de Perú, y por lo tanto estigmatizado y asociado siempre a la derecha, tiene obras, como La Guerra del Fin Del Mundo o Elogio de la Madrastra, poco conocidas, a pesar de que se trata de algunas de las mejores novelas que se han escrito en español, ni más ni menos.
Vargas Llosa no es, ni de lejos, un escritor que se quede callado ante cualquier asunto más allá de la literatura, en particular ante cuestiones políticas: su obra misma está girando siempre en torno a la política y al sexo. Fue un activo promotor del comunismo y de Castro como su representante máximo en América Latina y luego decidió que todo lo que venía defendiendo no era, después de tanto, lo correcto y dio un giro hacia el pragmatismo; por eso lo odian las élites intelectuales bien intencionadas de todo el mundo; se ha enfrentado a Chávez, pero también criticó a Videla, y con eso se ha ganado la animadversión de los socialistas. Ha criticado el terrorismo árabe y los excesos aliados en Irak, pero también ha defendido a Palestina y la caída de Sadam, por eso se lo ubica como defensor del imperialismo. En círculos extremistas se descalifica cotidianamente a la literatura por haber sido escrita por "reaccionarios". Para mucha gente la imagen que salta al oír el nombre de Mario Vargas Llosa, no es la de don Rigoberto divagando entre la realidad y la fantasía en su casa de Lima, o la de Alejandro Mayta tratando de cambiar al mundo mientras lucha por ocultar su homosexualidad ante sus amigos utopistas, tampoco la del precoz Fonchito descubriendo el amor en brazos de su madrastra; ellos piensan siempre en política. Lástima, porque se pierden del escritor  vivo más completo, original e inteligente en lengua española.
Carl Sagan se cansó de decirlo, no se debe juzgar a la persona, se debe juzgar la idea; a pesar de que se esté a favor o en contra de sus opiniones políticas, es innegable la calidad de Vargas Llosa como escritor y no es justo mezclar una cosa con otra. Después de muchos años la fundación Nobel se ha librado de repetir la injusticia que cometió con Borges al concederle al peruano su premio de literatura. Después de todo, si el hombre de la vida real no nos gusta, podemos empujarlo de nuevo a la solapa del libro y disfrutar, sin prejuicios ni odios sin sentido, de su literatura.

Un Hombre Joven

martes, 5 de abril de 2011 · Posted in

Hombre Joven, Piero di Cosimo
Ya con aquellos logros y con la certeza de que muy pronto competiría por el campeonato del mundo, Boris de verdad se convirtió en una celebridad. Estaba aterrado más que nunca y su entrenador quería volverlo loco. Fueron unas horas muy cortas. Era lo más cerca que había estado de alcanzarlo. Estaba haciendo lo que siempre había deseado y por fin se daba cuenta. Mucho había de bello en su vida como para tomar de ahí la felicidad, y sin embargo, como lo hizo antes, la tomó del futuro, que sería maravilloso y ante el cual el día a día era solamente una pálida figura que aún no revelaba lo fantástico que estaba por venir. Y llegó. En el verano del año siguiente Boris venció con facilidad en el torneo de candidatos para oficialmente convertirse en el más joven aspirante a la corona. A cada día y a cada hora se acercaba más el momento de tomar lo que desde hacía mucho tiempo le pertenecía. Aquellos pocos meses antes del encuentro se supo Alejandro a galope cada vez más veloz por la conquista del mundo. Y lo logró. Después de sorprenderse y sorprender a todos con su choque contra el muro defensivo que construyó el campeón, después de estar a una sola partida de perder lo que tal vez sería su única oportunidad de pelear por el campeonato, se levantó lentamente para ganar. Ahí estaba por fin; a mediados de aquel año Boris llegó a lo que durante mucho tiempo fue la tierra prometida. Y en medio de la euforia no tuvo tiempo de pensar, sino muchos años después y en otras condiciones, en lo que aquella noche de fiesta y celebración le dijo, como una reminiscencia personal,la esposa de un excampeón del mundo: "pobre chico, el día más importante de tu vida ya ha terminado".

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